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Bienestar

«Parece que la creatividad es exclusiva para elegidos, y no es así»

¿Se puede medir la creatividad? Esta es una de las preguntas que planea la doctora Mónica Kurtis, directora de la Unidad de Trastornos del Movimiento del Servicio de Neurología del Hospital Ruber Internacional de Madrid en 'Potencia tu creatividad de la mano de la neurociencia' (Larousse), un libro en el que explora la vertiente de la creatividad más terrenal: cómo puede ayudarnos en el día a a día y cómo está al alcance de todos. Aunque con normalidad de hable de creatividad como un ente etéreo, inabarcable y prácticamente casual, la tesis que el libro plantea que el ser creativo está en todos nosotros, y hay menos eventualidad y más trabajo detrás del que parece. Cómo influye nuestro entorno a... Ver Más

Lo que quizá no sepas de las frutas que parecen naturales y no lo son

Seguramente si le decimos a nuestras abuelas que nos comemos un mango, una pitaya o un maracuyá nos miren con cara de circunstancias sin entender ni una palabra. Y eso sin hablar de algas nori, bimi o edamame, como algunos ejemplos de los alimentos que nuestra generación conoce, utiliza y hasta venera por sus propiedades, pero que hace solo unas décadas no existían en esta parte del mundo. Es verdad que poco a poco hemos ido introduciendo en nuestra dieta occidental más y más comidas preparadas y ultraprocesadas. Y al mismo tiempo, cada vez somos más los que buscamos y promovemos una alimentación natural, una vuelta a los orígenes de la tierra. La mano del hombre ha tenido mucho que ver aquí. Por un lado la globalización y por otro la ciencia están poniendo en nuestros mercados y en nuestras mesas alimentos totalmente nuevos y no por ello menos naturales o saludables. Muchos de ellos son, efectivamente, especies espontáneas y salvajes que el hombre ha aprendido a cultivar y que ahora llegan a otros países, pero otras sin embargo son pruebas y experimentos creados por el hombre. Nashi o panzana.Pensemos, por ejemplo, en el nashi o panzana (un híbrido entre pera y manzana creado en Nueva Zelanda que ya puede encontrarse en casi todo el mundo), o la platerina (mezcla de nectarina y paraguayo). Platerina.Pero no solo eso, cada vez hay más demanda, por ejemplo, para sandías o uvas sin pepitas. Estos últimos son claros ejemplos de transgénicos -organismos modificados genéticamente- que pueden ser tanto o más saludables que el resto (a veces se consigue aumentar sus propiedades gracias a la ingeniería genética) y cuyo mayor riesgo es para el planeta por las pruebas de laboratorio y agrícolas que se llevan a cabo. ¿Sabías que, por ejemplo, la zanahoria es un transgénico? Originalmente delgadas y blancas, no ‘consiguieron’ su color naranja hasta el siglo XVIII en Holanda. También el plátano, que empezó siendo un fruto lleno de semillas y prácticamente incomestible hasta que sucesivos injertos consigueron cultivar lo que es ahora; o las naranjas dulces -en su origen solo las amargas existían, hasta que las sabias manos de un sacerdote valenciano en el siglo XVIII consiguieron hacerlas más deliciosas-. Con todo eso que nos enseña la historia, dejemos a un lado los prejuicios, conozcamos un poco mejor algunos de estos ‘nuevos alimentos’ y convenzamos a nuestras abuelas de sus propiedades: Semillas de chía Populares, en parte, gracias a las redes sociales, las semillas de chía no son algo nuevo en México o Guatemala, de donde es originaria, pero sí en Europa, donde se ha popularizado gracias a su alto contenido en proteínas, calcio, boro, potasio, antioxidantes y omega-3. Semillas de chía.Al ser semillas su contenido en fibra también es alto, por lo que ayuda al sistema digestivo.Todavía se están estudiando sus propiedades, y ya hay alguna evidencia de que las gallinas que han sido alimentadas con chía ponen huevos ricos en omega-3. Quinoa Es un pseudocereal utilizado en la cocina latinoamericana desde hace siglos, ¿qué significa esto? La quinoa es una semilla, pero su clasificación alimentaria es la de grano integral, por lo que ‘compite’ en usos con otros cereales como el arroz o el trigo, pero sin los problemas de intolerancia que este último provoca a los celíacos, por ejemplo. Tiene un alto contenido en proteínas, fibra y grasas saludables de omega-3 y omega-6. Quinoa.También aporta micronutrientes como potasio, fósforo, magnesio, calcio, zinc y hierro. Eso sí, su mayor aporte calórico es en forma de hidratos de carbono complejos, así que recomendamos consumirlo solo esporádicamente y en pequeñas cantidades. Sirope de ágave Si bien es positivo que la sociedad (y las empresas de alimentación) se afanen en buscar alternativas al azúcar refinado, no todas son tan saludables como parecen. En este caso, el sirope de ágave proviene, efectivamente, de la planta del ágave y contiene un 85% de fructosa, más fácil de procesar que la sacarosa, en especial para los diabéticos. Sirope de ágave.Sin embargo, este sirope es un producto procesado y por tanto desaconsejable. Una alternativa más natural puede ser el igualmente ‘nuevo’ (aquí) jarabe de arce. Kale Ni más ni menos que un kale o col rizada. Esta verdura que ha aparecido de repente en nuestras vidas está llena de calcio, vitaminas C y K y antioxidantes. Además, ¡es bajísima en calorías! Kale o col rizada.Se recomienda consumir cruda para aprovechar al máximo sus propiedades (en ensaladas como cualquier otra hoja verde) pero, si su sabor amargo te desagrada, no dudes en añadirla a guisos, tortillas o batidos con otras verduras y frutas. También constituye un magnífico snack crujiente. Dicho todo esto, no perdamos de vista los alimentos y los platos tradicionales de cada región, que normalmente, igual que en las frutas y verduras de cada temporada, aprovechan las necesidades de tierra y clima para ofrecer los mejores productos. Y por supuesto, prestemos atención a los productos de temporada y de proximidad: su riqueza es extraordinaria y, además de cuidarnos con lo que más necesitamos en cada momento, estaremos ayudando a los proveedores locales y haciendo un favor al planeta, al evitar cultivos intensivos, desperdicio de agua y recursos y transportes innecesarios. Niklas Gustafson @niklasgustafson es experto en Dietética y Nutrición y cofundador de Natruly.

Test: ocho preguntas para saber si eres autoexigente

La autoexigencia es una cualidad positiva si nace desde la motivación por crecer, desarrollarse y conseguir los objetivos que te planteas, pero siempre estableciendo unos límites sanos. El otro lado oscuro de la autoexigencia tiende a generar angustia, que puede en muchas ocasiones generar estrés e insatisfacción, y es cuando la salud puede resentirse. «Puede ser una forma sana de relacionarnos con nosotros mismos, cuando nos fijamos metas realistas y vamos alcanzando nuestro objetivos con motivación y esfuerzo», comenta la psicóloga Beatriz Gil Bóveda. Sin embargo, cuando los pensamientos que prevalecen son del tipo de «nunca es suficiente», «no puedo fallar», «necesito tenerlo todo controlado» etc., puede conducirnos al estrés constante y a la angustia. «Esto conduce a experimentar un vacío existencial, sintiendo mucho dolor», alerta la psicóloga. Por ello, si te sientes identificado con una alta autoexigencia, es importante que adquieras una nueva forma de relacionarte contigo mismo: «Escucha tus necesidades y sé amable contigo mismo. Dejar atrás la alta autoexigencia requiere volvernos más sensibles, conscientes y responsables de nuestra existencia. Implica volvernos más humildes y agradecidos con lo que sí hay adentro y fuera de nosotros», dice. El trabajo debe ser cotidiano, y cada día es una oportunidad para poner en marcha la autocompasión, la tolerancia y el amor a nosotros mismos. También es fundamental revisar las relaciones más íntimas que puedan estar reforzando nuestra autoexigencia. La psicóloga Beatriz Gil Bóveda (@psique.cambio) comparte este test en el que todos podemos descubrir si nos exigimos demasiado a nosotros mismos y cómo dejar de hacerlo. 1. Necesito ser la/el mejor en todo lo que hago A. Lo pienso muchas veces. B. Lo pienso a veces. C. No lo pienso. 2. No puedo cometer errores A. Lo pienso muchas veces. B. Lo pienso a veces. C. No lo pienso. 3. Debo ser la/el primera/o en terminar mis tareas A. Lo pienso muchas veces. B. Lo pienso a veces. C. No lo pienso. 4. Me critico mucho A. Lo pienso muchas veces. B. Lo pienso a veces. C. No lo pienso. 5. Me siento culpable cuando cometo algún error A. Lo pienso muchas veces. B. Lo pienso a veces. C. No lo pienso. 6. Prefiero hacer las cosas yo misma/o, no confío en cómo puedan hacerlo los demás. Me cuesta delegar A. Lo pienso muchas veces. B. Lo pienso a veces. C. No lo pienso. 7. Necesito tenerlo todo controlado A. Lo pienso muchas veces. B. Lo pienso a veces. C. No lo pienso. 8. Me considero una persona perfeccionista A. Lo pienso muchas veces. B. Lo pienso a veces. C. No lo pienso. A = 2 B = 1 C = 0 De 0 a 4: Autoexigencia baja Eres una persona que suele confiar en sí misma y sueles ser realista; adaptas tus expectativas y tus objetivos a las realidad. Eres flexible y entiendes el error como una oportunidad de mejora y aprendizaje. De 5 a 8: Autoexigencia moderada Eres una persona responsable, perseverante, ambiciosa y disciplinada. Te sientes bien marcando objetivos, y trabajas para lograrlos. De 9 a 16: Autoexigencia alta Eres una persona muy auto-exigente, muy responsable y disciplinada que se esfuerza muchísimo por alcanzar sus metas. En tu mente suele prevalecer el sentimiento de “nunca es suficiente”, y es aquí cuando tu alta exigencia puede jugarte una mala pasada. Recuerda que el error es humano. Te animamos a trabajar en tu autocompasión y flexibilidad. Si ves que no puedes lograrlo sola/o, busca ayuda de un profesional de la salud mental.

La receta para preparar falafel de manera fácil y rápida

Cuando se piensa en platos mediterráneos, uno de los que nos viene inmediatamente a la cabeza es probablemente el falafel. Elaborado con garbanzos molidos, habas o una mezcla de ambos, el falafel suele servirse en forma de bolas o pequeñas hamburguesas fritas. Ingredientes para 4 personas Garbanzo seco 225 g Cebolla tierna pequeña 1 Perejil fresco 1 taza Dientes de ajo cocidos 4/5 Comino molido 4 g Ras el hanout 4 g Semillas de cilantro molidas 2 g Levadura en polvo 1 cucharada Sal 1 cucharadita Pimienta negra Al gusto Aunque se desconoce el origen exacto del falafel, hay muchas teorías. Las más populares coinciden en que el falafel se originó probablemente en Egipto, tal vez importado de la India u Oriente Medio. Una de las teorías más aceptadas sitúa la invención del falafel en tiempos más modernos, a finales del siglo XIX. A diferencia de muchas de las versiones populares que se sirven en los restaurantes hoy en día, este primer falafel se hacía con habas y no con garbanzos. Es un plato tan delicioso y arraigado en Oriente Medio que Israel es otro de los países que lo reivindica como propio. Se a como sea estas croquetas de legumbre y verduras son absolutamente deliciosas y un 'must' entre las preparaciones veganas-vegetarianas, una forma de comer proteína de origen vegetal de la que nunca nos aburriremos. ¿Te atreves a hacer falafel en casa? Preparación Lavar con agua y escurrir los garbanzos dejados en remojo la noche anterior. Cuanto más remojo tengan más hidratados estarán y más fácil será de conseguir una pasta homogénea que no se desmorone en la fritura. Es conveniente ir sustituyendo el agua de remojo varias veces por agua limpia y fresca. Catalina Prieto Triturar directamente los garbanzos con la ayuda de un robot de cocina o picadora junto con la cebolla tierna, los ajos cocidos, el perejil y ½ taza de agua. Mezclar hasta conseguir una textura espesa. Añadir la sal, el comino molido, la pimienta negra, el ras el hanout, el cilantro molido, el impulsor y mezclar un poco. Dejar reposar la mezcla durante 30 minutos. Catalina Prieto Forme con la mezcla pequeñas bolas del tamaño de una pelota de ping pong. Aplastarlas un poco. Si la mezcla le queda demasiado húmeda por lo que le es difícil formar bolitas, se puede añadir un poco de pan rallado, a mi me gusta como le queda el pan rallado sin gluten (a base de maíz) peor es prescindible. Freír en abundante aceite de oliva a fuego medio/fuerte hasta que le queden dorados (5-7 minutos). Servir caliente por ejemplo con salsa de yogur y zumo de limón, ensalada fresca o lo que más nos apetezca. El falafel clásico admite también otras variantes que pueden hacer que el sabor se modifique ligeramente, podemos así incluir bulgur en la mezcla, cilantro fresco además del perejil u olivas negras, etc...

Comida real: ¿realmente es sinónimo de comer saludable?

Desde que hace unos años el nutricionista Carlos Ríos comenzó a promulgar el ahora archiconocido 'realfooding', el concepto de 'comida real' se ha instaurado en la sociedad. Esto, en realidad, no es más que, a la hora de comer, decantarse siempre por productos lo más naturales posible y dejar de lado aquellos ultraprocesados: alimentos repletos de aditivos, azúcares y grasas poco saludables. Lo que podría haber quedado en una anécdota ha terminado por ser un movimiento. Más de millón y medio de personas siguen al nutricionista en Instagram, donde da consejos sobre qué es comida de verdad, y qué no es. Y otro millón y medio de personas siguen la cuenta '@realfooding', en la que se comparten recetas que prepara la nutrida comunidad, siguiendo los parámetros de 'comida real'. Pero como todo lo que se hace viral, y cala tanto, el 'realfooding' también tiene sus detractores; en redes sociales se ha visto una posición muy crítica con la idea de que solamente se puede ingerir alimentos nada o muy poco procesados, y cómo esto puede terminar por afectar a la salud mental. Los nutricionistas Fernando Carrasco y Carlos Rodríguez, directores de la clínica Nutrygente explican que este movimiento ha hecho que gran parte de la población haya abierto los ojos y se haya preocupado muchísimo más por leer etiquetas o saber lo que come. «Me parece digno de elogio: al fin y al cabo ha hecho que muchas personas de a pie se preocupen por su salud», opinan. Pero, por otro lado, apuntan que muchas personas lo han llevado al extremo, «una dicotomía blanco o negro que para nada representa el mundo de la nutrición». Refuerzo de problemas de alimentación Laura Llorente, nutricionista de Instituto Centta, dice que de primeras el planteamiento de favorecer los productos sin procesar frente a los que son ultraprocesados es positivo, «pero hacerlo de una forma rígida dentro de una sociedad donde se prima la imagen, el control y el perfeccionismo puede traer algunas consecuencias negativas para ciertos grupos de población». Aunque alaba de nuevo que, un mensaje tan sencillo haya calado tanto en la población, y haya incrementado las ganas de comer de manera saludable, dice que este mensaje tan generalista también llega a personas que son propensas a sufrir trastornos de conducta alimentaria. «El movimiento no es el que causa directamente el trastorno, pero puede tener mayor prevalencia del mismo puesto que el mensaje que da es desde el perfeccionismo y la rigidez». Advierte Elena Toledano, también nutricionista de Centro Centta, que el término de 'comida real' puede ser interiorizado de manera distinta por cada persona. Pone como ejemplo que hay quienes mejoran su alimentación, quienes muestran indiferencia y quienes pasan por un gran sufrimiento al no llegar a las exigencias tan rígidas de este concepto, «sintiendo mucho sufrimiento con valores como su peso, su alimentación o su gestión emocional con la comida». Entonces, es importante entender que, aunque en general 'comer real' tiene muchos beneficios, no tiene que ser siempre sinónimo de comer saludable. Amplía Elena Toledano esta idea, pues comenta que comer bien implica un bienestar no solo a nivel físico, sino también mental y social. «Cuando estamos consumiendo un alimento que a nivel nutricional es adecuado pero que nos genera malestar emocional, esto se convierte en una amenaza para nuestra salud», explica y advierte que comer saludable «es mucho más que incluir aguacates en la dieta o leer etiquetas de supermercado». «Comer saludable es mucho más que incluir aguacates en la dieta o leer etiquetas de supermercado» Una idea peligrosa es aquella de que, si un día no se come 'bien', al día siguiente debemos compensar el desliz. «La rigidez de pensamiento acerca de los alimentos nos llevará a sentimientos de culpa y volveremos al bucle de restricciones perpetuas», advierte Laura Llorente. Esto, realmente una idea que nace de la cultura de la dieta, y puede verse reforzaba por aquellos que llevan el 'realfooding' a su máxima potencia, tiene capacidad para generar mucho malestar mental. La recomendación de la profesional es alejarnos de las reglas impuestas «por un movimiento viral cuyo mensaje es simple». Asegura que ser flexible y permitir todos los alimentos nos llevará a mejorar en la relación que tenemos con estos. Es fácil enfrentarse a esta situación cada vez que se come fuera de casa. Los directores de la clínica Nutrygente explican que, aunque se puede intentar comer lo mejor posible si no preparamos nosotros la comida, a veces es complicado. «Si pensamos que cada vez que vayamos a comer fuera, por ejemplo, debemos compensar comiendo de manera diferente el resto del día o durante la semana, nos va a generar un estrés adicional que para nada va a ser positivo», aseguran. Como ya se mencionaba, puede que el llevar la idea de la 'comida real' al extremo termine por derivar en un trastorno de alimentación. Paula Valero, psicóloga especialista en este tipo de trastornos (TCA) lo resume en una sola frase: «La obsesión por la salud no es salud, es simplemente obsesión». Advierte que el potente mensaje del 'realfooding' se difunde por las redes sociales, y lo recibe especialmente un público joven, «que es de hecho el más vulnerable a desarrollar un TCA». Cómo saber si el 'realfooding' se ha ido de las manos Explica la psicóloga Adriana Esteban, psicóloga especialista en TCA, que hay quienes defienden el 'realfooding' «como un estilo de vida», pero que en realidad es una dieta y, como todas las pautas nutricionales, «se puede ir de las manos». «La señal más común tiene que ver con la obsesión y rigidez por llevar a cabo una alimentación determinada. Es decir, la persona empieza a obsesionarse con los alimentos y sus ingredientes, a descartar tajantemente todos aquellos que presentan aditivos, así como a estipular horarios estrictos de ingesta», explica la profesional. Asimismo, apunta que cuando alguien deja de participar en planes donde existe comida ultraprocesada y comienza a distanciarse de las personas que no llevan un estilo de vida similar, claramente es un indicador negativo. «A nivel emocional, cambios en el estado de ánimo, ira, irritabilidad, culpa o frustración relacionadas con la alimentación son señales que nos indican que algo no está yendo bien», dice y puntualiza que no se trata de 'todo o nada', o llevar a cabo la mejor alimentación o la más correcta, sino de encontrar un equilibrio con el objetivo no sólo de nutrirnos sino también de disfrutar del momento de comer y no olvidarnos de este gran placer. Plantea una pregunta: ¿En qué momento algo que en principio promueve un estilo de vida saludable se convierte en un problema? Y explica que en muchos casos, todo este movimiento se origina desde una percepción negativa de la imagen corporal y una baja autoestima. Comenta que, el tipo de TCA que se puede desarrollar tiene en común con otros como la anorexia o la bulimia que «tienden a tener un tipo de pensamiento rígido y a tener alteraciones en su estado de ánimo», pero a diferencia de los mencionados este suele ser un trastorno alimentario encubierto. «Los síntomas no se consideran peligrosos, porque están persiguiendo la salud. Por tanto, los indicadores son normalizados e incluso esa dedicación es admirada por otros. Es por ello que los sujetos que lo padecen no reciben la atención y tratamiento que merecen», pone en relieve. Alimentación entre los grises Por esto, la psicóloga comenta la importancia de alejase del patrón de pensamiento rígido en lo que la alimentación respecta, «y movernos en los grises». «No debemos olvidar que la alimentación tiene un potente carácter social y emocional, y no únicamente nutricional, y el movimiento 'realfooder' en muchos casos deja estos factores de lado», advierte. Así, recuerda que por supuesto siempre es preferiblemente elegir productos frescos, de temporada y de producción local, pero hay veces en las que podemos «permitirnos disfrutar de otros alimentos que, aunque nutricionalmente no sean tan interesantes, sí pueden ser beneficiosos en otros planos relacionados con la salud mental». Apunta Elena Toledano que, en general, «comer sano implica poder tener la libertad y el derecho de decisión sobre cada comida que realizamos». Así, argumenta que si un día nos apetece comer un bollo por ejemplo; aún sabiendo que a nivel nutricional no es una elección alimentaria óptima, sí lo puede ser a nivel psicológico. «Tenemos que dejar de ver el concepto de comer saludable como algo que solo implica la calidad del alimento o la información nutricional de la etiqueta que lo compone», concluye.