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Historia

Al descubierto la red nazi de espías que salpica a Gutiérrez Mellado y al médico Grande Covián

Madrid fue durante la Segunda Guerra Mundial un hervidero internacional de espías nazis, italianos, franceses, ingleses y hasta japoneses, que se disputaron a codazos todo tipo de voluntades y de conserjes (quien controla al portero controla la finca) en una ciudad con más dobles agentes que castañeras. Las notas del contraespionaje francés de Charles de Gaulle, cuyos documentos más exclusivos ven ahora la luz en España gracias al historiador Xavier Juncosa, ponen nombre y rostro a muchos de estos colaboradores de los servicios nazis, algunos tan insospechados como el militar Gutiérrez Mellado o el doctor Francisco Grande Covián. El contraespionaje de De Gaulle El investigador y cineasta se internó en esta aventura de novela negra por casualidad a través de un archivo francés, concretamente del Service Historique de la Défense de Vincennes. Juncosa andaba tras la pista de una información que nada tenía que ver con el espionaje francés, cuando dio con unas cajas etiquetadas con el poco estimulante nombre de ‘Trabajos rurales’. Aun así las abrió y no pudo dejar de leer... Entre marzo y abril de 2019, el historiador pudo estudiar casi 35.000 documentos referidos a España, que acababan de ser desclasificados y que hoy en día han vuelto a sellarse a consecuencia de una nueva y controvertida ley en Francia. Por fortuna, el historiador catalán tuvo tiempo de tomar buena nota de todo antes de que se cerrara la cámara de los secretos. El contraespionaje orquestado por De Gaulle y cuyo artífice en las sombras era Paul Paillole tuvo como primer objetivo en España investigar a quienes cruzaban la frontera con Francia. Barcelona y San Sebastián se convirtieron en lugares estratégicos para esta misión; sin embargo, a partir del otoño de 1943 el foco se trasladó a la capital de España, donde se encontraba el epicentro de la red de financiación que compartían los jerarcas nazis y los partidarios del régimen de Vichy, así como un gran mercado de reventa de obras de arte y diamantes expoliados por toda Europa. «Los papeles revelan que España entera estaba en manos de Hitler. Esto era una gran empresa nazi», sostiene Juncosa, que acaba de publicar en catalán el libro 'El contraespionatge francès a Madrid i el Marroc' (1943-1945). Para crear esta red de informadores, la Cruz Roja Francesa jugó un papel esencial, tanto originalmente en Barcelona como meses después en Madrid. El jefe de la Cruz Roja Francesa en España era el monseñor André Boyer-Mas, un controvertido clérigo y diplomático que, a pesar de que se había alineado al lado de Franco durante la Guerra Civil y con Pétain en su armisticio, a partir de noviembre de 1942 decidió ayudar a los Aliados. Con su apoyo y un enjambre de informadores, el llamado TR-200 logró identificar a centenares de ciudadanos madrileños al servicio de los nazis, ya fuera su colaboración puntual o continuada. De republicano a falangista El contraespionaje francés tenía bajo sospechas de tratos con los nazis a personajes tan destacados como Francisco Grande Covián, un médico pionero en nutrición y bioquímica, fundador y primer presidente de la Sociedad Española de Nutrición, que debido a su estrecha relación con Juan Negrín y otros políticos republicanos se le presuponía perseguido por el régimen franquista. «En los informes se dice que es un gran falangista, primera sorpresa, y que era miembros de una organización nazi conectada con otros médicos de Madrid. No sé especifica la relación que tenía el asturiano con los nazis, pero hay un documento sobre el bautizo de su hijo al que asisten en Madrid las autoridades franquistas y la plana mayor del cuerpo diplomático alemán», apunta el investigador como prueba del alta estima en la que tenían los nazis al médico. Juncosa ha procurado cotejar la información manejada por los servicios secretos De Gaulle, que no tienen por qué ser infalibles, si bien «existen unos vacíos muy sospechosos en la biografía que comprenden este periodo de vida del nutricionista». No obstante, lo que resulta imposible de averiguar es si Grande Covián era fruto de algún tipo de extorsión: «Sobre el papel todos nos consideramos Robin Hood, pero una vez en esas situaciones habría que vernos...», advierte el catalán. Distinto es el caso de Manuel Gutiérrez Mellado, el comandante encargado durante la Segunda Guerra Mundial de clasificar y decidir el destino de las personas que cruzaban los Pirineos. En su caso se daba por sentado que el ministro de Defensa con Adolfo Suárez estaba entonces en tratos con los servicios de inteligencia de los países del Eje debido a su cargo militar, pero lo que revelan como inédito los papeles del archivo de Vincennes es que el comandante franquista terminó siendo agente doble y colaborador del TR-200. «Finalmente va a trabajar con los espías franceses a cambio de que a él le faciliten información sobre españoles comunistas y anarquistas que estaban haciendo el viaje inverso en la frontera», asegura Juncosa sobre un personaje que se ganó el respeto de los franceses. Al principio aparece citado por los informadores como Gutiérrez y, a base de afecto y encuentros, termina por ser Don Manuel, un hombre descrito en los documentos como «honesto, recto y muy inteligente», que dedicaba todo su tiempo a sus hijos. «Franco se fue desprendiendo de los falangistas y preparándose para los nuevos tiempos» El cambio de lealtades de Gutiérrez Mellado entra dentro del giro de timón realizado por todo el régimen cuando era evidente que la Segunda Guerra Mundial la iban a ganar los Aliados. «Franco se fue desprendiendo de los falangistas y preparándose para los nuevos tiempos. Los Aliados pidieron a cambio que bloqueara las cuentas y las propiedades nazis en España, pero el dictador solo accedió a una parte», afirma el historiador. En una carrera contrarreloj para salvar su patrimonio, los nazis refugiados aquí usaron testaferros y revendieron obras de arte y propiedades en los últimos meses del conflicto. Algunas familias españolas salieron muy beneficiadas con las prisas... Abel Gance, un cineasta con dos caras Plato de comer aparte es el caso del director francés Abel Gance, uno de los grandes pioneros del cine universal, que llegó a Madrid en 1943 huyendo aparentemente de los nazis por sus orígenes hebreos. «Si lees cualquier biografía sobre Grance lo último que piensas es esto. Él viene a España sin un duro, y de repente un agente del contraespionaje francés se lo encuentra por sorpresa en una reunión y empieza a seguirle», afirma el investigador. Los documentos franceses evidencian que en cuanto tuvo ocasión el director de ‘Napoléon’ (1927) se puso a disposición directamente de los jerifaltes franquistas y de los nazis en España para intentar rodar tres grandes películas hagiográficas, una sobre Colón, otra sobre El Cid y otra sobre Ignacio de Loyola. Abel Gance y Arthur Honegger.Fracasó en sus proyectos de cine, a pesar de que «los nazis estaban interesados en relacionarse con alguien de tanto prestigio», como también lo hizo al intentar vender en España el pictógrafo como un invento suyo. «En cuanto el verdadero inventor se enteró en París, envió a Madrid a una especie de secretario, Contantini, para contar que Gance era un farsante. Lo más asombroso de todo es que en Madrid terminó metiéndose en la cama con la mujer del cineasta». «Es muy curioso que Japón, probablemente el pueblo más misógino del mundo, estableciera su red de colaboradores en España en torno a dos mujeres» Abel Gance y su secretario español, el periodista Felipe de Solms, que en los papeles encontrados por Juncosa aparecen sorprendidos en ‘actitudes pederásticas’, mantuvieron también tratos en Madrid con la actriz italiana Myriam Petachi, cuñada y antigua amante de Benito Mussolini. Gance esperaba poder sacar adelante alguno de sus proyectos audiovisuales de la mano de la productora La Latina, fundada por la italiana gracias a los millones y las joyas repatriadas desde Milán pocas horas antes de la primera caída de Mussolini. Como todos las acometidas del director galo en España, también estas negociaciones quedaron en nada. «Yo creo que era ella quien se acercó primero al director, pero no llegaron a cerrar nada porque a él le interesaban películas con temática española y, además, el final de la guerra frustró todo. Era un director muy caro», señala Juncosa. Lo que sí consiguió rodar Grance fueron tres bobinas con Manolete toreando que se conservan hoy cual tesoro en la Filmoteca. Otro de los grandes descubrimientos de Xavier Juncosa, autor de más de cien documentales, está en la intensa actividad de los servicios secretos japoneses en la capital. «Es un asunto muy poco trabajado, pero los japoneses mantuvieron constantes reuniones en Madrid con alemanes, franceses e italianos como miembros del Eje», asegura. No solo es importante el hallazgo porque un país tan remoto mostrara interés en España, sino por las personas que eligieron como enlace: «Es muy curioso que Japón, probablemente el pueblo más misógino del mundo, estableciera su red de colaboradores en España en torno a dos mujeres». Milagros Cuñado Urbano y su madre María del Milagro Sanabria de Cuñado, «dos mujeres de ultraderecha», se elevaron como las jefas supremas de los servicios japoneses en Madrid y la conexión con el enviado nipón, un supuesto periodista llamado Matsuo. También era una mujer, Chona Durán Terry, la que hacía en estas fechas de coordinadora del espionaje nazi en San Sebastián.

Pasea aquí por las páginas del especial que la revista de Ferrer Dalmau le ha dedicado a Alatriste

Veinticinco años después de que Arturo Pérez-Reverte publicara el primer libro de las aventuras del Capitán Alatriste, hay muchas formas de homenajear a una saga que cambió la forma de los españoles de aproximarse al Siglo de Oro. En su revista mensual, el pintor Augusto Ferrer Dalmau ha dedicado un especial a Alatriste, que cuenta con una entrevista de María José Solano al autor de la saga, otra al director de cine Agustín Díaz Yanes y artículos que abordan aspectos concretos de la saga, como son el lenguaje, las espadas y el arte en tiempos de Felipe IV.Veinticinco años después de que Arturo Pérez-Reverte publicara el primer libro de las aventuras del Capitán Alatriste, hay muchas formas de homenajear a una saga que cambió la forma de los españoles de aproximarse al Siglo de Oro. En su revista mensual, el pintor Augusto Ferrer Dalmau ha dedicado un especial a Alatriste, que cuenta con una entrevista de María José Solano al autor de la saga, otra al director de cine Agustín Díaz Yanes y artículos que abordan aspectos concretos de la saga, como son el lenguaje, las espadas y el arte en tiempos de Felipe IV. La revista FD Magazine nació en el 2016, impulsada por el espíritu histórico y artístico, y es hoy un espacio de periodicidad mensual conformada por artículos que abordan temas y secciones muy variadas, desde entrevistas, historia, literatura, noticias, a actualidad. De esta forma, el magazine se caracteriza por el acopio de contenidos, tratamientos y enfoques en los que se combinan tanto espacios informativos, como espacios de mero entretenimiento; orientándose, por consiguiente, a un público muy amplio. Ilustrada por diversos autores, su contenido está cuidado y estudiado al milímetro, haciendo de ella una revista cuya estructura se piensa con esmero y cuyos apartados se combinan con cuidado y meticulosidad; dándoles así a cada uno su protagonismo.

Hambre y pobreza: el infierno de Canarias en la Primera Guerra Mundial que la historia ocultó

«¿A quién le importa lo que pasa en un pedazo de tierra en mitad del mar? Cuando acabe la guerra cada nación contará sus muertos, pero los nuestros nos los contará nadie porque no estamos en guerra. Los libros de historia no hablarán de nuestras desgracias», comenta con impotencia Herminia, uno de los personajes principales de ‘El guardián de la marea’ (Planeta), la novela en la que Mayte Uceda (Cudilleros, 1967) ha querido revivir el infierno que vivieron los canarios durante la Primera Guerra Mundial a pesar de la neutralidad de España. «Las islas no tenían que haber sufrido las consecuencias del conflicto, pero 72 barcos españoles fueron hundidos por los submarinos alemanes en el archipiélago entre 1914 y 1918. Hoy nadie lo recuerda. Además, mientras en la península aumentaban las exportaciones con los países beligerantes, en Canarias el comercio quedó completamente bloqueado y paralizado. Ni siquiera dejaron que llegaran los productos de primera necesidad. Fue tremendo», asegura la autora durante una visita con ABC a algunos de los escenarios en los que transcurre su obra en Las Palmas. El objetivo de los alemanes no era atacar a los canarios, pero no les importó que estos se convirtieran en víctimas colaterales del conflicto con el objetivo de cortar los suministros de víveres y materias primas a los británicos, sus principales enemigos en la Gran Guerra. «Los submarinos germanos solían parar a los barcos españoles y, si consideraban que la carga que llevaban era perjudicial para su causa, evacuaban a los pasajeros y los hundían. Si estos no se detenían o se negaban a ser llevados a la costa en botes, los hundían con ellos dentro», añade la novelista. ‘La miseria en Canarias’ El hambre se extendió a todos los barrios y el precio de los alimentos aumentó drásticamente. Para muchas familias fue imposible adquirir comida en el mercado y las madres se encontraban tan débiles que, incluso, tuvieron que contratar a nodrizas para que dieran de mamar a sus bebés. ‘La miseria en Canarias’, titulaba ABC en uno de los artículos en los que dejó constancia de aquella tragedia, publicado en febrero de 1917: «Varios pueblos comunican que son frecuentes los casos de fallecimiento por inanición. Ha causado una impresión penosísima el suicidio de un vecino de Las Palmas que no pudo acallar el hambre de sus ocho hijos desfallecidos». Uceda reconoce que esta y otras noticias de nuestra hemeroteca le resultaron de mucha utilidad para ubicar la historia de amor entre un militar alemán llamado Hans Berger, responsable de uno de los submarinos que bloquean la isla y somete de hambre a la población, y Marcela Riverol, una de las canarias que lo sufre. Ella, la protagonista principal de la novela, tiene 15 años, es huérfana de madre, su padre la abandonó y sueña con huir de la pobreza en Cuba. La relación entre ambos comienza cuando el teniente de la Marina alemana naufraga tras un enfrentamiento contra los británicos y es rescatado, en estado grave, por el primo de la joven Marcela. Escondido en la casa de su familia, a la protagonista le encargan la desagradable tarea de cuidarlo, debatiéndose entre la admiración por un héroe de guerra y el rencor que siente por aquel desconocido que tanto daño ha infringido a sus compatriotas canarios. «Puede que yo haya crecido sin hogar, pero al menos me siento útil mientras él viaja por el mundo hundiendo barcos que llevan alimentos a personas hambrientas. No podemos comernos las cabras si queremos tener leche, y los únicos gatos que quedan en el barrio son los de usted, porque nadie se atreve a comérselos. No tenemos medicinas, ni médicos ni maestros», le reprocha Marcela en la novela a su amiga Herminia cuando esta trata de defender al soldado alemán, argumentando que Gran Bretaña es igual de culpable del sufrimiento que padecen. ‘La Guerra Civil de las palabras’ Esta escena refleja el feroz debate que se produjo en España, entre germanófilos y aliadófilos, cuando el Rey Alfonso XIII y el presidente Eduardo Dato decidieron que el país no estaba preparado para lanzarse al abismo de un conflicto tan devastador como aquel. El enfrentamiento en los periódicos fue tan duro que se le bautizó como ‘La Guerra Civil de las palabras’. La mayoría de los intelectuales se posicionaron en contra de la neutralidad y criticaron con rotundidad al Gobierno por declararla. Ramón Pérez de Ayala llegó a publicar un ‘Manifiesto de Adhesión a las Naciones Aliadas’ en el que apoyaba la intervención de nuestro Ejército. Fue apoyado por nombres tan importantes de la cultura como Unamuno, Manuel de Falla, Menéndez Pidal, Gregorio Marañón, Azorín, Valle Inclán y Ortega y Gasset, entre otros más de sesenta escritores, pintores, catedráticos, compositores y escultores. «No está bien que, en esta coyuntura máxima del mundo, la historia de España se desarticule del curso de los tiempos, quedando de lado, a modo de roca estéril, e insensible a las inquietudes del porvenir y a los dictados de la razón y de la ética», defendían en el documento. Así lo explica Mayte Uceda: «Es cierto que el debate fue muy fuerte y se extendió a toda la población. No solo en la prensa, también en los espacios públicos entre los vecinos. Por ejemplo, en los lavaderos públicos, como se refleja en la novela. En las tabernas y en las peluquerías se hacían lecturas colectivas de las noticias sobre la guerra, en la que las clases más conservadoras y pudientes defendían la causa alemana, mientras que los desfavorecidos estaban a favor de los aliados. Era un sin vivir». El Valbanera La escritora confiesa que «la semilla de la novela» fue el naufragio del Valbanera en los Cayos de Florida, en 1919, que todavía es la mayor desgracia naval de la historia de España en tiempos de paz. Murieron 487 pasajeros al hundirse su barco a seis metros de profundidad por un violento ciclón tropical. Se fue a pique justo antes de llegar a La Habana. Desde ese momento, se le conoce como el ‘Titanic de los pobres’ o el ‘Titanic de los emigrantes canarios’, pues eso eran la mayoría de sus víctimas. «Me impresionó muchísimo y no solo por el medio millar de muertos, sino porque nadie se preocupó de los cadáveres, que siguen en las aguas del mar Caribe. Todo lo que rodeó al desastre del Valbanera fue un misterio y decidí que iba a escribir una novela en la que los personajes viajaran, en algún momento, en ese último trayecto del buque. Para ponerlo en contexto, retrocedí en el tiempo y descubrí el sufrimiento de la isla en la Gran Guerra», explica Uceda, que viajó a Canarias para comenzar una investigación que le llevó cuatro años y cerró en 544 páginas. La noticia sobre el enviado especial de ABC a un submarino en la Primera Guerra Mundial - ARCHIVO ABC La hemeroteca de ABC, al rescate «Describir la emoción que sentí en aquellos momentos sería imposible. No veía nada, no sabía a qué distancia estaba el otro barco, a qué profundidad navegábamos. Y, sin embargo, tenía la sensación de que estábamos en una situación grave, de que empezaba el duelo terrible entre la ballena y su presa. La vibración que noté al entrar por primera vez en el submarino había desaparecido [...]. Sin moverme del diván, observé atentamente al capitán, que no abandonaba un instante la manivela. ‘Nos ha visto y nos dispara’, dijo». Así empezaba la larga crónica publicada por ABC, el 12 de septiembre de 1915, que Mayte Uceda usó para meterse en la piel de Hans Berger, protagonista de ‘El guardián de la marea’ junto a Marcela Riverol. El texto fue enviado desde un submarino germano por Javier Bueno, corresponsal que este periódico mandó a Alemania en la Primera Guerra Mundial, bajo el seudónimo de Antonio Azpeitúa. «Fue perfecta para reflejar en la novela cómo era la vida de los marinos bajo el mar. ¡Me vino muy bien! Consulté mucho vuestra hemeroteca. De hecho, en el primer borrador incluía un reportaje desde el frente de Rusia de Sofía Casanova [pionera del periodista y corresponsal, también, de ABC en la Gran Guerra], en el que hablaba de la carta que le había entregado un soldado polaco herido para que se la entregara a su familia», cuenta la autora.

El espectacular mapa interactivo que recrea el Madrid del capitán Alatriste

El capitán Alatriste, el personaje creado por el escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte, cumple este año su primer cuarto de siglo. Para celebrar la efeméride el Área de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid ha editado un Mapa Cultural Ilustrado, de descarga gratuita, en el que se reflejan los principales lugares de la ciudad por los que transcurren las aventuras de esta saga. Raúl Arias es el ilustrador de esta guía visual que cuenta con el apoyo del Foro de Empresas por Madrid Pérez-Reverte explica que para escribir esta obra utilizó el plano de Madrid que Pedro Texeira trazó en 1656 por encargo de Felipe IV sobre la fisonomía de la ciudad. «La mayor concentración de talento literario» La España del capitán Alatriste era una España dura, violenta, oscura, pero en la que también había cosas buenas: en Madrid, en unas pocas manzanas de casas, vivía la mayor concentración de talento literario que hubo jamás en el mundo. En cuatro calles, como vecinos, vivían Lope, Calderón, Cervantes, Quevedo, Góngora, Ruiz de Alarcón y muchos otros. Uno va hoy por una de esas calles, por la del León, por la de Cervantes —que entonces se llamaba Francos—, por ejemplo, o pasa delante del convento de las Trinitarias, y se para y piensa «por este mismo lugar pasaron Cervantes y Lope. Aquí mismo, donde estoy yo, se detuvieron y miraron la misma fachada que yo estoy mirando ahora». Es increíble pensar que compartes con ellos la mirada sobre la ciudad. Para escribir 'El capitán Alatriste' utilicé el plano de Madrid que Pedro Texeira trazó en 1656 por encargo de Felipe IV, quien quería tener un instrumento preciso y exacto que reflejara la fisonomía de la ciudad. Maravilla por su detalle y su alzado tridimensional, y también por sus grandes dimensiones. Está tan increíblemente hecho que, si uno se fija bien, puede ver cada casa de la ciudad, sus alturas, si tenían jardín, si el jardín tenía fuentes o árboles. Estudié en él la antigua disposición urbana para situar la acción de la novela. Así, cuando contaba una emboscada en la calle Barquillo, por ejemplo, junto a las Siete Chimeneas, con el plano de Texeira yo podía decidir en qué esquina sucedería, el lugar donde colocaría el farol, el punto exacto en que se apostaría un personaje, por dónde huiría otro… Para mí, Alatriste es más que un libro, más que una novela. Es la posibilidad de pasearme virtualmente por un mundo ya desaparecido, pero en el que a través de la literatura puedo vivir de nuevo. ARTURO PÉREZ-REVERTE * Ilustración: Raúl Arias. Textos del gráfico: Juan Eslava Galán.

La muerte de Enrique El Impotente, el misterio sin resolver que cambió la historia de la Monarquía

El siglo XV fue el de los venenos, las traiciones y los puñales guardados en las mangas. Y fue también el que vivió el ascenso de los Reyes Católicos, que debieron abrirse paso hasta el trono por encima de candidatos y familiares que estaban por delante de ellos en la línea sucesoria. Resulta tentador, y así se ha hecho a lo largo de la historia, unir ambos cabos para presentar a Isabel y Fernando como unos magnicidas, responsables de la muerte del Infante Alfonso, el Rey Enrique IV de Castilla, el valido Juan Pacheco o del aragonés Carlos de Viana, pero la realidad es que no existe ninguna prueba científica que demuestra la mano de los monarcas en estas muertes que situaron la corona de los grandes reinos españoles sobre sus cabezas. Especialmente controvertido fue el caso de Enrique El Impotente, hermanastro de Isabel, por las consecuencias políticas que tuvo su muerte y por lo próxima que estuvo a la suya la de su favorito. Juan Pacheco, Marqués de Villena, falleció en octubre de 1474 de manera fulminante debido a un «apostema que le salió en la garganta, echando sangre por la boca», como apuntaron los cronistas. Bien pudo tratarse de un cáncer de garganta (laringe) lo que acabó con la vida a los 55 años de este marqués que conspiraba más que respiraba, pero ya entonces fue muy comentada la posibilidad del envenenamiento. Solo dos meses después, el Rey enfermó también cuando estaba de caza en Madrid y apenas tuvo tiempo de que le atendieran los médicos o de que escribiera un nuevo testamento antes de exhalar su último aliento. El cronista Fernando del Pulgar relató así el acontecimiento: «E luego el rey vino para la villa de Madrid, é dende á quince días gele agravió la dolencia que tenía é murió allí en el alcázar á onze dias del mes de Diciembre deste año de mil é quatrocentos é setenta é quatro años, a las once horas de la noche: murió de edad de cincuenta años, era home de buena complexión, no bebía vino; pero era doliente de la hijada é de piedra; y esta dolencia le fatigaba mucho a menudo». El arsénico, sospechoso habitual La muerte de Enrique sin dejar más hijo legítimo que su hija Juana, llamada con malicia la Beltraneja por considerarla hija de uno de los favoritos del Rey, inició un conflicto sucesorio del que saldría triunfante Isabel, a la que el Monarca había nombrado su heredera años antes y luego vuelto a desheredar. Las sospechas que apuntaban a los Reyes Católicos, grandes beneficiados de la muerte, como ejecutores del envenenamiento fueron esgrimidas durante años por la propaganda de sus enemigos. Juana, Reina consorte de Portugal.Un manifiesto favorable a Juana la Beltraneja, descubierto en la Universidad de Harvard hace pocos años por el investigador Alberto García Gil, autor de varios libros al respecto, renovó la teoría de que el origen del deterioro inmediato de la salud del Rey habría estado en una cena celebrada un año antes en Segovia con Isabel y Fernando. En este encuentro pensado para rebajar las tensiones entre hermanastros, el Rey comenzó a sentirse mal y a tener problemas digestivos. Días antes de morir sufrió grandes vómitos y se encontró cada vez más afectado. El texto, con la firma de Juana la Beltraneja, sostiene que Isabel La Católica ordenó envenenar a su hermano para acelerar su ascenso al trono «por cobdicia desordenada de reynar», junto a Fernando de Aragón, quienes «acordaron, e trataron ellos, e otros por ellos, e fueron e fabla e consejo de lo facen dar (...) ponçoña de que después falleció». No obstante, Juana y su tía estaban sumidas en una guerra de tintes internacionales, con Francia y Portugal medrando a su favor, por lo que cualquier manifiesto suyo resulta poco esclarecedor si no se acompaña de otras pruebas. Juana y su tía estaban sumidas en una guerra de tintes internacionales, con Francia y Portugal medrando a su favor, por lo que cualquier manifiesto suyo resulta poco esclarecedor ¿Alguien las ha podido encontrar? Gregorio Marañón, autor del clásico 'Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla', ya defendió en su día que ni la nefritis, ni una lesión cardiaca, ni un cáncer encajaban tan bien en el diagnóstico como el envenenamiento, «tal vez el arsénico, el más usado por entonces, en cuya fase final hay una intensa gastroenteritis sanguinolenta anasarca». Así y todo, su estudio médico del personaje, que completó en 1947 con un informe de la momia de Enrique, presenta un rompecabezas de patologías y síntomas casi imposible de unir. Nada apunta al envenenamiento, y sí a una salud cada año más deteriorada. El rompecabezas Gregorio Marañón planteaba que el Rey sufrió a lo largo de su vida una «displásico eunucoide con reacción acromegálica» de carácter hereditario, según la nomenclatura de la época, que no solo entorpeció el completo desarrollo sexual del Rey sino que le provocó ser estéril. En fechas más recientes, el urólogo Emilio Maganto Pavón considera en su obra ‘Enrique IV de Castilla (1454-1474). Un singular enfermo urológico’ que el diagnóstico del célebre médico es incompleto y señala que el origen del desorden hormonal era más bien un síndrome de neoplasia endocrina múltiple (MEN) producido por un tumor hipofisario productor de la hormona del crecimiento y la prolactina. En ambos casos, el estudio de la momia de Enrique IV, perfectamente conservada, sirvió para corroborar las graves carencias hormonales que mostraba el cuerpo del castellano. Así se pudo observar que el Monarca tenía una frente amplia, que las manos (de un tamaño desproporcionado) tenían largos y recios dedos, y que había un pie valgo (desviado). Las manos gigantes de Enrique IV pudieron originar, a su vez, la fobia al contacto humano que las crónicas identifican como un rasgo de su antipatía y problemas para relacionarse. Y la deformación de uno de sus pies explicaría, según la obra del propio Marañón, en cierto modo, la torpeza de movimientos del Monarca descrita en casi todos los escritos. Estos rasgos anómalos y los síntomas no pudieron ser identificados por los médicos de la época en su conjunto, ni nadie pudo darse cuenta del grave proceso del que era objeto el castellano. Ni siquiera hoy es posible hacer un diagnóstico definitivo sobre el génesis del desorden hormonal que sufrió el Rey desde la pubertad. Tan solo es fiable enumerar los síntomas descritos en los textos históricos. Enrique IV padeció impotencia, anomalía peneana, infertilidad, malformación en sus genitales, litiasis renal crónica (mal de ijada, de piedra y dolor de costado) y hematuria (flujo de sangre por la orina). Precisamente, estos problemas urológicos pudieron estar detrás de su fallecimiento el 11 de diciembre de 1474 a causa de una obstrucción de la orina.