Cien años de Antonio Ruiz Soler, un ángel en el escenario y un diablo fuera de él

Escrito por el noviembre 4, 2021

El 4 de noviembre de 1921, Adolf Hitler creaba en Alemania los grupos armados SA (Sturmabteilung) y el primer ministro japonés, Hara Takashi, era asesinado en Tokio. Ese mismo día en Sevilla nacía un niño al que sus padres llamaron Antonio. Se apellidaba Ruiz Soler, pero con los años todo el mundo le conocería como Antonio el Bailarín. Fue seguramente la personalidad más determinante de la danza española de después de la guerra civil, quien le dio el impulso necesario para llevarla a los grandes teatros de ópera del mundo y a convertirlo en un arte admirado internacionalmente.

Su biografía es bien conocida. A los seis años sus padres llevaron al niño que no paraba de bailar en el empedrado sevillano a la Academia del maestro Realito. Allí lo emparejaron con una niña llamada Rosario, y ambos formaron una pareja artística, primero bajo el sobrenombre 'Los chavalillos sevillanos', y más tarde con sus nombres: Antonio y Rosario.

En 1937 el empresario Marquesi se llevó a la pareja a América: la gira duraría doce años y viajaron por todo el continente, incluido Estados Unidos, donde llegaron a intervenir en varias películas y donde fueron las estrellas del espectáculo del hotel Waldorf Astoria de Nueva York.

En 1949 regresaron a España y en 1952 se deshizo su unión artística. Antonio creó su propia compañía, y con ella se presentó en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada. En 1978 formó otra compañía -Antonio y los Ballets de Madrid-, con la que organizó su gira de despedida; colgó las zapatillas un año después en la ciudad japonesa de Sapporo.

Antonio y Lola de Ávila, en el rodaje de 'El sombrero de tres picos'Entre 1980 y 1983 dirigió el Ballet Nacional de España, donde sustituyó a Antonio Gades. Su salida de la compañía resultó muy polémica. Desde entonces hasta su muerte, el 5 de febrero de 1996, solo su amiga María Rosa, que había trabajado en su compañía, consiguió que volviera al mundo de la danza. Su última coreografía fue 'El Rocío', creada en 1987.

La lista de sus premios es interminable, así como sus coreografías, que abarcaron los cuatro puntos cardinales de la danza española: escuela bolera, danza estilizada, flamenco y folclore. Además de sus versiones de clásicos como 'El sombrero de tres picos' o 'El amor brujo', Antonio firmó coreografías como 'Fantasía Galaica', 'Sonatas del Padre Soler', 'Jugando al toro', 'Zapateado de Sarasate', 'Paso a cuatro'… Como bailarín, ha sido único. Por su precisión, su musicalidad, su técnica, su limpieza y su elegancia.

Fue una figura adorada en los años cincuenta y sesenta especialmente, y entre sus admiradores -o amantes- figuran desde estrellas cinematográficas como Ava Gardner, Gina Lollobrigida o Vivian Leigh hasta aristócratas como la duquesa de Alba -él aseguraba que era el padre de uno de sus hijos- o el duque de Windsor.<iframe src="//www.youtube.com/embed/s07EsteAZPc?wmode=transparent&amp;jqoemcache=lcRPE" width="425" height="349" allowfullscreen="true" allowscriptaccess="always" scrolling="no" frameborder="0" style="max-height: 600px; max-width: 800px;"></iframe>

Pero si sobre el escenario y en la sala de ensayo era un genio indiscutible, su carácter y sus excesos fuera de las tablas empañaron a menudo su trayectoria artística. Protagonizó varios escándalos; el principal provocó que fuera encarcelado durante varios días en Arcos de la Frontera (Cádiz) en 1974.

Los hechos que le llevaron a prisión sucedieron dos años antes. Antonio rodaba para TVE junto a Valerio Lazarov 'El sombrero de tres picos'; allí alguien le acusó de haber blasfemado, y en el consiguiente juicio el juez le condenó a dos meses de prisión; años antes, en 1959, había sido condenado por agredir a un empleado de la perrera de Zaragoza que quería llevarse a su perro, 'Soleá', y Antonio no pudo eludir la cárcel -en la que durante varios días fue su único ocupante y donde, así lo relata él mismo en el libro 'Mi diario en la cárcel'.

Su salida del Ballet Nacional de España fue también sonada; él la achacó a la animadversión que tenía hacia él Jesús Aguirre, duque de Alba, que le destituyó cuando se le nombró ministro de Cultura.

Antonio con María RosaAntonio Ruiz Soler exhibía, en el suelo de la piscina de su casa de la urbanización La Florida, en Madrid, un mosaico con la paloma que dibujó para él Picasso, y su estudio de la calle Coslada (hoy sede de Scaena, una escuela de artes escénicas) fue un hervidero creativo, con un escenario del mismo tamaño, presumía, que el del Teatro María Guerrero. Era un hombre divertido, carismático, cariñoso, excesivo -para lo bueno y lo malo-, generoso, y un magnífico anfitrión.

Pero el bailarín tenia en él mismo a su mayor enemigo, que hizo que en los últimos años de su vida fuera conocido quizás más por sus excesos en su vida social -con una presencia frecuente y extravagante en las fiestas de la jet-set marbellí- que por su legado artístico. Aun así, esta imagen frívola no puede empañar la grandeza de una de las más gigantescas figuras de la historia de la danza española.


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