‘Crucero Baleares’: así destruyó la República el titán de Franco que provoca la discordia en Madrid

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La controversia que nació en 2017 en torno al callejero madrileño parece no tener fin. Cinco años después de que la entonces alcaldesa Manuela Carmena aprobara el cambio de nombre de hasta 52 vías de la capital por sus presuntas reminiscencias franquistas, el Tribunal Superior de Justicia ha confirmado que seis de ellas serán restituidas. La razón, según esgrime la sentencia, es que no exaltan la sublevación, la guerra o la represión. De esta forma, en las próximas semanas será posible volver a ver las calles 'El Algabeño', ‘Millán-Astray’, ‘Cirilo Martín’, ‘Hermanos García Noblejas’, ‘Caídos de la División Azul’ y ‘Crucero Baleares’. Huelga decir que la polémica está servida. En las últimas horas, la fotografía en la que se sustituía la placa de la calle Justa Freire por la del fundador de La Legión ha copado las redes. Y no hace falta ser el alumno aventajado del Oráculo de Delfos para saber que nos esperan cuatro pasos por caja más. Sin embargo, de entre todos los nombres que han saltado hasta la actualidad esta semana, hay uno que destacaba sobre el resto: el ‘Crucero Baleares’. Y es que, antes de ser hundido en la batalla del Cabo de Palos allá por 1938, este gigantesco bajel había sido también el icono de una Segunda República que esperaba ansiosa su construcción. El hundimiento fue un hito en la República. Basta leer el mensaje que el Partido Socialista envió a Indalecio Prieto: «Compartiendo el júbilo que hoy experimenta todo el pueblo, le ruego transmita a la flota nuestra felicitación. Queremos saludarle a usted y retirarle la satisfacción que siente esta Ejecutiva ante su obra, que prestigia al partido y a la patria». El ‘Times’, por su parte, afirmó que había sido un duro golpe para los sublevados: «La principal moraleja de la batalla del Cabo de Palos es que los rebeldes no estiman a la flota republicana. Franco ha perdido la mitad de sus grandes unidades desde que empezó la guerra». Crucero republicano Incluso antes de ser terminado, el crucero ‘Baleares’ se convirtió pronto en uno de los buques insignia de la flota. Los diarios de la época se hicieron eco de todo el proceso de fabricación en los astilleros de la Sociedad Española de Construcción Naval de El Ferrol. Informaron del día en el que se le colocó la quilla –el 15 de agosto de 1928– y, poco después, también de su botadura. ‘ABC’ llevó esta última noticia hasta su portada a finales de abril de 1932: «La población estuvo animadísima en el evento, habiendo llegado excursionistas de todas las poblaciones de Galicia. Bastante tiempo antes del lanzamiento, cerca de 20.000 personas invadían los astilleros para presenciar el acto». Según explicó Manuel Cervera Cabello, uno de los pocos marinos que sobrevivió al desastre de este navío, en julio de 1936 su construcción estaba aún muy atrasada: «Fue a causa de las disposiciones del Gobierno de la República, encaminadas a disminuir lo más posible los presupuestos para atenciones militares». Muchos dudaron que fuera posible terminarlo en un plazo útil para que pudiera tomar parte en la contienda, pero el trabajo fue redoblado y los tiempos acortados para lograr el objetivo: «Se trabajó febrilmente para poner en servicio el buque, superando y venciendo la falta de piezas y material que debía proveer Inglaterra o las factorías situadas en la zona roja. El día 15 de diciembre de 1936, aunque faltaban muchas instalaciones consideradas como indispensables en otros momentos –tales como dirección de tiro, piezas de artillería, etc.– fue entregado a la Marina de Guerra izándose la Bandera Nacional». La placa de Millán-Astray, tras su cambio – ABC Este gigante del mar contaba con 194 metros eslora –unos 70 menos que el ‘Titanic’– y 19,5 metros de manga. El hispanista Michael Alpert afirma que su desplazamiento era de 10.600 toneladas, su potencia de 90.000 caballos y podía alcanzar los 33 nudos de velocidad, algo nada desdeñable para la época. También destacaba su capacidad para cargar hasta 2.800 toneladas de petróleo, lo que le daba una autonomía de unas 10.000 millas. En lo que respecta al armamento, el ‘Baleares’ superaba de forma holgada a los cruceros precedentes al contar con ocho cañones de 203 mm, ocho de 120 y ocho de 40. Era un coloso, vaya. Contra todo pronóstico, el navío no tuvo que esperar al final mucho tiempo para surcar las aguas. Entró en servicio en septiembre de 1936 con una dotación novata pero, en palabras de Cervera Cabello, también ilusionada: «Eran tiempos difíciles, y por eso mismo las tripulaciones de los buques se nutrían de voluntarios de todas las provincias españolas […]. Su adiestramiento hubiera necesitado meses enteros de constantes ejercicios y, sin embargo, bastaron pocas semanas de incansable labor y sacrificio de los profesionales para que su comandante, el Capitán de Navío don Manuel de Vierna y Belando, pudiera considerar que el buque se hallaba en condiciones de salir para la zona de operaciones. Así, en este estado y con su bisoña dotación, el 18 de diciembre de 1936 salió el buque a la mar para hacer su primera singladura, dedicada a pruebas de los servicios y ejercicios de la dotación». Al asalto Tras el inicio de las hostilidades quedó claro que, a pesar de contar con más buques y submarinos, el Gobierno carecía de oficiales y hombres experimentados en el mar. Esto, unido al constante envío de barcos a la flota franquista por parte de Italia y Alemania, hizo que pudieran poner en aprietos a sus enemigos. En 1938 la República planeó, por ello, una operación con la que elevar la moral de sus hombres y dar un golpe definitivo al enemigo: atacar la bahía de Palma de Mallorca, el lugar en el que se encontraba una buena parte de la flota franquista según diferentes informes. La operación suponía un verdadero reto. En primer lugar, un pequeño grupo de lanchas torpederas rusas recién adquiridas (unos navíos de escaso tamaño y característicos por su velocidad, aunque también por su poca resistencia a los ataques) partiría desde su base en Portman, Cartagena, en dirección al puerto de Alicante. Allí, se encontrarían con la 1ª Flotilla de Destructores, la cual las abastecería de combustible y las escoltaría hasta la bahía de Palma, donde, para terminar, realizarían un ataque relámpago contra los buques franquistas allí fondeados. También se ordenó al grueso de la flota republicana, siete navíos al mando del Almirante Luis González Ubieta, que cubriera el avance de la 1ª Flotilla de Destructores y de las lanchas torpederas navegando a unos 120 kilómetros del Cabo de Palos. El objetivo era proteger a los asaltantes de posibles maniobras llevadas a cabo por la flota franquista. Con el plan establecido, solo quedaba seleccionar la fecha en la que se abalanzarían sobre el enemigo. Tal y como explican Ramón y Jesús María Salas Larrazábal en ‘Historia general de la guerra de España’, una gran escuadra se hizo a la mar al atardecer del 5 de marzo. Estaba formada por los cruceros ‘Libertad’ y ‘Méndez Núñez’, escoltados por los destructores ‘Sánchez Barcáiztegui’, ‘Gravina’, ‘Lepanto’, ‘Almirante Antequera’ y ‘Lazaga’. Su misión era la de proteger a las lanchas torpederas. Apenas una hora después de abandonar el puerto, Ubieta recibió una noticia demoledora: el mal tiempo había provocado que las lanchas tuvieran que regresar a la base. El oficial decidió continuar con la operación y ordenó mantener el rumbo a su escuadra para, de esta forma, proteger la retirada de la 1ª Flotilla de Destructores. Además, no disponía ya de objetivos al no tener que abastecer de gasolina a las torpederas. Raro encuentro Lo que no sabía Ubieta era que le aguardaba una sorpresa en el trayecto; y es que, la suerte quiso que aquel día la flota nacional tuviera su propia misión. Para ser más concretos, esa misma tarde los cruceros ‘Canarias’, ‘Baleares’ y ‘Almirante Cervera’ habían salido de Palma con orden de escoltar a un convoy mercante desde Formentera hasta el Estrecho. El itinerario se encontraba precisamente en aguas donde, en ese momento, navegaba el grueso de la armada republicana. Así lo recuerda Cervera Cabello: «En la tarde del sábado, 5 de marzo, a las quince horas, los altavoces retransmitieron el toque de babor y estribor de guardia. […] Se trataba de llevar a puerto seguro un convoy de dos grandes barcos, el ‘Umbe-Mendi’ y ‘Aiskori-Mendi’, que llevaban material de guerra indispensable y de vital importancia para continuar con éxito la batalla del Ebro. […] Una vez más, la Marina debía contribuir en silencio a la victoria de sus hermanos de los otros Ejércitos». Crucero BalearesAquella madrugada, la flota franquista navegaba cerca del Cabo de Palos bajo un cielo negro que impedía discernir lo que ocurría a poca distancia de las cubiertas de los navíos. No tenían protección alguna de destructores ni de submarinos. Tan solo estaban el ‘Baleares’, el ‘Canarias’ y el ‘Almirante Cervera’, que formaban filas a las órdenes del contralmirante Manuel de Vierna. Fue a las 0:38 cuando ambas armadas se divisaron. Ninguna tenía constancia de que el enemigo se hubiera hecho a la mar, por lo que el desconcierto reinó pronto entre los marineros y oficiales. El primero en vislumbrar al contrario fue el destructor republicano ‘Sánchez Barcáiztegui’. Su capitán se sobrepuso a la sorpresa del increíble encuentro y, tras calcular que los buques franquistas se encontraban a menos de 2.000 metros, ordenó lanzar contra ellos dos torpedos. No obstante, la premura provocó que los enemigos no fueran fijados de forma adecuada. Los proyectiles no dieron en el blanco. La respuesta fue inmediata: Vierna ordenó a sus cruceros cambiar de rumbo para alejarse de la flota gubernamental. El contralmirante, con treinta años de experiencia en la marina, sabía que la potencia de fuego de sus navíos no serviría de nada durante la noche, mientras que su armada sería blanco fácil de los torpedos enemigos. Tras el ataque, el convoy republicano patrulló durante media hora la zona sin encontrar enemigo alguno. Ubieta, con la sensación del deber cumplido, ordenó entonces poner rumbo a Cartagena, pues su misión de dar cobertura a la 1ª Flotilla de Destructores había sido desempeñada con éxito. «Parecía que ambas escuadras habían decidido ignorarse y marchar cada una por su lado», añaden los autores de ‘Historia general de la guerra de España’. Sin embargo, la suerte todavía tenía reservada una última sorpresa para las dos flotas. Triste error Casi una hora después, a las dos de la madrugada, Vierna decidió volver al rumbo original y completar su labor de protección a los cargueros. Para ello, cambió de dirección el timón y cayó a estribor con la intención de adaptar la marcha de su flota a la de los transportes. Pero el destino quiso sobresaltarle de nuevo e hizo que vislumbrara, por segunda vez, la figura borrosa de uno de los navíos republicanos en medio de la oscuridad. Los rumbos de ambas flotas se habían vuelto a cruzar por jugarretas del destino. Todavía incrédulo por lo extraño de la situación, Vierna prefirió adelantarse a sus enemigos y ordenó lanzar varias granadas luminosas para indicar a sus compañeros donde se encontraban los barcos contrarios. No pudo haber cometido un error más grave, pues el ‘Baleares’ se iluminó en medio de la noche quedando a la vista del convoy republicano. El contralmirante acababa de firma la sentencia de muerte del buque insignia de Franco. La situación fue bien distinta para el republicano Ubieta quien, en su marcha hacia la base, se topó de bruces con un iluminado ‘Baleares’. Casi al instante, y sin dudarlo dos veces, el Almirante se dispuso a llevarse al fondo del mar al moderno navío y a sus casi 1.100 tripulantes. Lo tenía todo a favor, pues el crucero presentaba un blanco excepcional para tres de sus destructores: el ‘Sánchez’, el ‘Antequera’ y el ‘Lepanto’. Al instante se desató la locura y, entre las 2:17 y las 2:20 horas, lanzaron doce torpedos a una distancia de entre 2.000 y 3.000 metros. Transbordo de naúfragos tras el hundimiento del Baleares – ABC Sin posibilidad de virar, el ‘Baleares’ recibió el impacto de dos de los torpedos, los cuales hicieron que su casco se tambaleara y llenaran la clara noche de esquirlas y restos desvencijados del buque. Minutos después de la explosión la situación era dantesca: el crucero, anteriormente el orgullo de los franquistas, se había quedado sin luz y comenzaba a adentrarse en el mar sin remedio. Cervera Cabello recordó de esta forma el amargo final del bajel: «En breves momentos se asignaron a cada grupo de gente y oficiales graves y difíciles misiones […]. Se apagaron incendios en pañoles de urgencia, arrojando sus proyectiles al mar, algunos de los cuales se encontraban ya envueltos en llamas. Se destruyeron los documentos secretos. […] Los médicos se desvivían tratando de atender a los innumerables heridos, sin más luz que la de sus linternas, más agua que la que momentáneamente quedaba en las tuberías y con el escaso medicamento existente en el puesto de urgencia. Y así transcurrieron cuatro horas (mortales), durante las cuales los compartimentos estancos, cediendo uno tras otro, hacían inclinar el buque cada vez más». Tras el ataque, el ‘Canarias’ y el ‘Almirante Cervera’ decidieron abandonar el lugar a toda máquina a sabiendas de que la carga de los mercantes que escoltaban era de vital importancia para el desarrollo de la guerra en la Península. Por su parte, y debido al daño que podían sufrir ante el gran armamento de los cruceros sublevados, los republicanos tocaron a retirada y no persiguieron a los derrotados. «El ‘Baleares’ se hundió a las cinco de aquella mañana. Murieron 788 hombres, incluido Vierna, el jefe de Estado Mayor de la división, el segundo y el tercer comandantes, el segundo jefe de Estado Mayor y más de 25 tenientes y alféreces de navío», añade Alpert. Rescate de supervivientes Tras la marcha de las dos flotas parecía que los supervivientes del ataque solo podrían esperar hasta que las aguas hicieran mella en ellos y se fueran al fondo junto con los restos del crucero. En cambio, recibieron el apoyo del ‘Boreas’ y el ‘Kempenfeld’, dos destructores ingleses que, tras observar la batalla, se acercaron al buque siniestrado para ayudar en las tareas de rescate. Ambos navíos lograron recoger a unos 470 supervivientes. A las ocho de la mañana, cuando ya no quedaba del ‘Baleares’ más que un leve recuerdo, volvieron al lugar el ‘Canarias’ y el ‘Cervera’ ya con su misión cumplida. Pero, con las tareas de salvamento realizadas, solo pudieron enviar varios mensajes de agradecimiento a los británicos. Uno de ellos, el que remitió el ‘Canarias’ al ‘Kempenfeld’, fue recogido por Cabello: «Gracias por su servicio humanitario. La flota nacional nunca olvidará la ayuda de los ingleses».

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