Decapitado, ahorcado y acusado de genocida: la eterna cruzada de América Latina contra Cristóbal Colón

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Una nueva polémica ha vuelto a reavivar la guerra contra la figura de Cristóbal Colón que se vive en la mayoría de los países de América Latina desde hace años. En esta ocasión ha sido en Ciudad de México, donde la gobernadora municipal, Claudia Sheinbaum, anunció la semana pasada que la estatua que quitaron del descubridor de América en el Paseo de la Reforma será reemplazada por la efigie de 6,5 metros «como reconocimiento a las mujeres indígenas», contaba ABC. La considerada mano derecha del presidente López Obrador justificó su decisión con las siguientes palabras: «Claro que Colón fue un gran personaje universal y también hay que reconocerlo, pero creemos que, en el centro de nuestra ciudad, tiene que haber un reconocimiento a la mujer indígena. Por eso este monumento». Sheinbaum no tuvo en cuenta que la imagen del explorador que le precedía, obra del escultor francés Charles Cordier y financiada en el siglo XIX por el industrial mexicano Antonio Escandón, representaba el conjunto histórico más antiguo de la avenida. Pocos días después, una petición de Change.org exigía a las autoridades su restitución: «Los mexicanos y particularmente los habitantes de la capital del país nos sentimos indignados y afectados por el retiro de nuestro patrimonio histórico pretextando su reparación, pero consideramos que se trata de una decisión de carácter populista», advertía. Y la herida sigue abierta, porque en pocas horas ya ha superado las 18.000 firmas. Estados Unidos Este no es más que el último episodio de la ‘colonofobia’ que se instaló hace ya décadas en una parte de la población contra el descubridor del continente y el resto de conquistadores españoles. A principios del siglo XX, el debate ya existía en otros países como Argentina, Chile, Bolivia, Venezuela e, incluso, Estados Unidos. En este último, una estatua de color de bronce de Colón apareció decapitada en el neoyorquino parque de Yonkers, muy cerca del Bronx, en agosto de 2017. La Policía aseguró que no era un acto aislado, sino que respondía a una ola de violencia racial. De hecho, unas horas más tarde se cebaron con un monumento del descubridor en el barrio de Queens, que fue pintado con el mensaje «Abajo el genocida». Estos dos ataques no eran aislados ni nuevos. Fueron protagonizados por distintos grupos de izquierdas y pro derechos civiles de los negros para responder a los supremacistas blancos, cuya presencia había aumentado con la llegada de Trump a la Casa Blanca. Para los primeros, Colon representaba «el capitalismo europeo y el terrorismo genocida» que exterminó a los indígenas, así como el «origen de la esclavitud en América». Así lo denunció un vídeo de propaganda en el que se podía ver a un encapuchado liándose a mazazos contra una efigie del explorador en la ciudad de Baltimore (Maryland), que con 250 años de vida era la más antigua del país. Houston (Texas) y Búfalo, en el estado de Nueva York, sufrieron ataques similares. Aquella ola de violencia coincidió con un despliegue político sin precedentes en contra de la figura de Colón a cargo de gobernantes demócratas. Con medidas y argumentos ideológicos similares a los que esgrimió el chavismo, ayuntamientos como el de Los Ángeles protagonizaron iniciativas para erradicar los homenajes al hombre que cambió la historia de la Humanidad. Es curioso que fuera una de las ciudades con raíces hispanas más profundas la que acabara también con el Día de Cristóbal Colón y lo sustituyera por el Día de los Pueblos Indígenas. Una medida que se extendió a Denver (Colorado), Berkeley (California), Phoenix (Arizona), Albuquerque (Nuevo México), Minneapolis (Minnesota) y Seattle (Washington), entre otras poblaciones. Venezuela Hay escenas de esta guerra más surrealistas. El 12 de octubre de 2004, un grupo de radicales chavistas asaltó la estatua de Colón que presidía la céntrica Plaza Venezuela de Caracas. El descubridor de América acababa de ser juzgado y condenado a muerte simbólicamente por el delito de «genocidio». Tras colocarle una soga en torno a su cabeza, los exaltados tiraron con violencia de la efigie hasta que cayó desde lo alto de la columna que la sostiene y se partió en dos. Después la arrastraron hasta el teatro Teresa Carreño y la ahorcaron entre bailes indígenas de festejo. El presidente Hugo Chávez había iniciado su particular campaña contra la conquista dos años antes, cuando estableció por decreto el Día de la Resistencia Indígena en lugar del Día de la Raza. Aquella medida provocó un gran rechazo, tal y como ha ocurrido con medidas similares adoptadas por su sucesor, Nicolás Maduro. La última, en octubre, después de que el actual mandatario anunciara que había cambiado el nombre de la autopista Francisco Fajardo, por eso «un colonizador genocida», por el del Gran Cacique Guaicaipuro. Maduro dio a conocer la decisión durante las celebraciones del 12 de octubre, con un discurso en el que se refería, incluso, al Rey de España. «¿Por qué sales a celebrar la muerte, la masacre y el genocidio contra nosotros?». En insistía con respecto a Don Felipe VI: «Debemos iniciar de manera progresiva, gradual, organizada y disciplinada un proceso para descolonizar y reivindicar todos los espacios públicos que llevan el nombre de colonizadores. Algún día tendrá que pedir perdón por su genocidio contra América». Fajardo, sin embargo, no era español. Era un gobernante mestizo hijo de un conquistador español homónimo y de una india guaiquerí de la isla de Margarita. Es cierto que colonizó la zona norcentral de Venezuela y fundó varias poblaciones, pero también que su figura fue reivindicada y defendida por muchos historiadores venezolanos del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX, como Caracciolo Parra León, Mario Briceño Iragorry y Francisco Javier Yanes, entre otros. Todos ellos aseguraban que la llegada de los españoles debía ser calificada de positiva por incorporar al país a la civilización y al mundo de la cultura y la educación. Francisco Suniaga, colaborador de periódicos como ‘El Nacional’ y ‘El Universal’, todavía actualmente sale en defensa de Fajardo, bajo la opinión de que no hay prueba alguna de que este cometiera una sola matanza. Argentina En 2013, Cristina Fernández de Kirchner decidió igualmente retirar una estatua de Colón que llevaba casi un siglo detrás de la Casa Rosada, sede de la Presidencia del Gobierno argentino. El argumentó fue que era necesario realizar tareas de mantenimiento en el recinto que la albergaba. Poco después, sin embargo, en vez de reponerla, instaló una efigie de Juana Azurduy donada por el presidente de Bolivia, Evo Morales. Se trata de una figura vinculada a la lucha por la independencia que en la página del Ministerio de Cultura era descrita como «la mujer que dejó todo por la revolución, perdiendo a su familia y combatiendo contra el imperio español en los últimos años del Virreinato del Río de la Plata». Aquella decisión irritó a muchos ciudadanos y generó una gran controversia en la que estuvo involucrado, incluso, el Ministerio de Justicia. Sin embargo, no hubo manera de revocarla. La escultura de Colón fue reubicada, en 2017, frente al Río de la Plata, cerca de uno de los aeropuertos de Buenos Aires. Según el diario ‘La Nación’ ya nunca podrá ser movida de allí, puesto que el Gobierno aprovechó para declararla Monumento Histórico Nacional con tal objetivo. Chile En noviembre de 2019, unas 60 estatuas sufrieron daños en Santiago de Chile, según el Consejo de Monumentos Nacionales chileno. Entre los objetivos de los asaltantes se encontraban un buen número de obras vinculadas al descubrimiento de América y a su posterior colonización. Lo mismo ocurrió en otras poblaciones chilenas como Arica, cerca de la frontera con Perú, donde la efigie de Colón en la plaza que le da nombre fue destruida. Había sido instalada allí en 1910 con motivo del centenario de la independencia. El alcalde de la ciudad, Gerardo Espíndola, mostró en su cuenta de Twitter las imágenes del acto vandálico y aseguró que sería investigado. El primer comentario a su tuit fue el siguiente: «Ojalá que instalen otro monumento relacionado con la historia de Arica, uno de la cultura chinchorro o aymara y que también le cambien el nombre a la plaza. Basta de hacer monumentos a los genocidas colonizadores». A esta le seguía otro similar: «Falsos héroes. Dicen que la historia la escriben los vencedores. Es el momento de escribir nuestra verdadera historia. Dejar de repetir los relatos tradicionales imperialistas. Somos mestizos de invasores y aborígenes. Mi lealtad con los originarios de estas tierras». Bolivia Algo parecido ocurrió en la capital de Bolivia un año antes. En noviembre de 2018, la estatua de Colón ubicada en el popular Paseo del Prado de La Paz amaneció forrada de carteles en los que podía leerse «Genocida». También incluían mensajes en los que se pedía su retirada. Curiosamente, el hecho sucedió justo después de que se retirara la estatua del descubridor en Los Ángeles. El entonces presidente Evo Morales celebró la decisión tomada por las autoridades angelines con el siguiente mensaje en Twitter: «Saludamos al hermano concejal de Los Ángeles, Mitch O’Farrell, descendiente de la tribu Wyandotte de Oklahoma, que logró que se retire la estatua de Cristóbal Colón del Grand Park de esa ciudad. Coincidimos con él en que el llamado descubrimiento fue un genocidio y un saqueo de los recursos naturales».

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