El Archiduque Alberto, el general de los Tercios españoles que Felipe III amagó con encarcelar

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Durante todo el reinado de Felipe II, España se convirtió en la residencia y escuela de los herederos Habsburgo venidos de Viena. Por el país pasaron Rodolfo (futuro emperador), Ernesto, Wescelao y Alberto en un intento de alejarlos de las influencias protestantes que emanaban la corte imperial. Este último fue canciller mayor de Castilla, virrey de Portugal y se postuló como arzobispo de Toledo tras la muerte de Gaspar de Quiroga en 1594. El Rey consideraba a su sobrino un valioso gobernante para sus vastos reinos y, a falta de casar a su hija favorita, Isabel Clara Eugenia, también un buen marido a mano. De vuelta de su cometido en Portugal, Alberto se encargó en Madrid de la educación política del futuro Felipe III, acompañándole a las reuniones del Consejo Real, los actos públicos y a las audiencias con los embajadores. Ya entonces empezó Felipe II a desconfiar de los dotes políticos de su heredero y a trazar sus planes para desligar los Países Bajos de España. En 1596, Alberto fue nombrado gobernador general de los Países Bajos y, dos años después, renunció al arzobispado para casarse con su prima hermana Isabel Clara Eugenia. El matrimonio recibió la soberanía de los Países Bajos bajo la cláusula de que si a la muerte de uno de los cónyuges, éstos no tuviesen descendencia, el territorio volvería a la Corona Española. Si bien nunca lograron concebir a un heredero, Isabel y su primo trabajaron con éxito durante años para reconstruir el país y restablecer la paz, siendo en este periodo cuando se empezaron a definir con claridad las fronteras entre Bélgica y Holanda. Bajo su gobierno se recuperó la pujanza económica en este territorio plagado de urbes, se reformó por completo la administración y se dotó a Bruselas de su propia y esplendorosa corte. Los Archiduques promocionaron la lengua y la cultura españolas, especialmente la escuela de Salamanca y la literatura española, desde la mística hasta El Quijote. El Archiduque mostró su genio militar combatiendo a franceses y holandeses en los primeros años como gobernador. Sin embargo, lo costoso en vidas y oro de conquistar Ostende, en 1604, obligó a los Archiduques a buscar una solución no militar al conflicto con las Provincias Unidas, que ya no eran un territorio rebelde sino un auténtico estado independiente. Alto el fuego sin Madrid Los Archiduques concluyeron, sin contar con Madrid, un alto el fuego con los holandeses, en marzo de 1607, que se fue prorrogando a lo largo de varios meses. El texto reconocía la soberanía de Holanda como estado independiente mientras durara el alto el fuego. Ya tenían una razón para que les durara la paz. España tardó todavía dos años más en seguir el ejemplo de los archiduques pues aceptar la soberanía de las Provincias Unidas era un trago demasiado grande. El matrimonio no solo trabajó para lograr la prosperidad de sus territorios, sino para mantener la autonomía respecto a Madrid, que ahora anhelaba recuperar esta posición estratégica. Desde el entorno de Felipe III se envió una oferta en 1603 al Archiduque Alberto para que abandona el gobierno de los Países Bajos a cambio del Franco Condado, algo que el hijo de Maximiliano II rechazó por ser «contra su reputación», y hasta se deslizó la posibilidad de que Isabel Clara Eugenia pudiera ocupar el trono de Inglaterra a la muerte de la Reina Isabel I si se hacían antes a un lado en Flandes… Representación de un gabinete de un coleccionista flamenco durante una visita de los Archiduques Alberto e Isabel.Felipe III desconfiaba cada vez más del Acta de Cesión y guardaba celos de la forma en la que su padre había tratado a Alberto, al que había sentado a su derecha en los actos públicos en una clara humillación hacia su primogénito. Ahora como Rey, Felipe III no renunció a recuperar el gobierno directo sobre los Países Bajos. Aparte de las presiones económicas, los esfuerzos desde Madrid fueron dirigidos a retirar todo el mando militar de manos del Archiduque. Tensiones y prisiones «Felipe III le fue arrebatando en fases sucesivas autoridad y funciones tanto en lo relativo al mando como a la organización del ejército o al manejo de las provisiones que se enviaban desde España», se puede leer en el libro ‘El Archiduque Alberto y Felipe III’. En esta brillante obra del embajador José I. Benavides, reeditado recientemente por Círculo Rojo, se detallan las tensas relaciones entre Felipe III y el Archiduque, que por poco acaban con los aceros desenvainados. En el caso de fallecer Isabel Clara Eugenia antes que su marido, Felipe III ordenó en unas instrucciones secretas dirigidas en 1606 a su general de confianza Ambrosio de Espínola que el Archiduque debía jurar fidelidad inmediatamente al Rey español y entregar el gobierno de Flandes. En caso de vacilar, el genovés debía encarcelar al hijo de Maximiliano II «en el castillo de Amberes con segura guarda, haciéndolo con la decencia y buen trato que se debe a su persona, y si llegárades a este rompimiento no ha de quedar él en el gobierno aunque después se quisiera reconocer». «Los dichos Estados han de pertenecer a mí y me han pertenecido por derecho propio y mayorazgo antiguo…» No obstante, Espínola, mandado a fiscalizar cada movimiento del Archiduque, terminó aliándose con el matrimonio de gobernantes ante la evidencia de que estaban conduciendo los asuntos locales de la mejor manera posible. Dado que el Archiduque murió antes que su esposa, no fue necesario poner a prueba la lealtad de Alberto. Ni siquiera a finales de su vida Felipe III olvidó su obsesión por recuperar este territorio y así lo subrayó en su testamento: «Los dichos Estados han de pertenecer a mí y me han pertenecido por derecho propio y mayorazgo antiguo…». Curiosamente el Rey y el Archiduque murieron en el transcurso de tres meses, de modo que la soberanía de los Países Bajos habría de volver a la Corona española, pero en la figura de Felipe IV.

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