El discurso suicida de Negrín que dio falsas esperanzas a los republicanos con la Guerra Civil ya perdida

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A primera hora de la mañana del 26 de enero de 1939, las tropas del general Yagüe entraban en Barcelona sin efectuar ni un solo disparo. Era uno de los últimos golpes del franquismo hacia su victoria final en la Guerra Civil. Los republicanos huían ya a toda prisa de la ciudad mientras la aviación sublevada bombardeaba las carreteras que conducían a la frontera con Francia. En total, 300.000 soldados mezclados con 200.000 refugiados. La intervención de la Liga de los Derechos del Hombre y de la Cruz Roja para evitar aquella matanza tampoco dio resultado. El Caudillo no estaba dispuesto a dejar escapar ni a una mínima parte del Ejército que acababa de derrotar. Barcelona había sido puesta como ejemplo de coraje por Winston Churchill en la Cámara de los Comunes debido a su aplomo durante los bombardeos de la aviación italiana, pero en esta ocasión se rindió con la mansedumbre propia de un animal doméstico. Atrás quedaban tres años de resistencia épica que tan bien habían retratado fotógrafos como Robert Capa, Gerda Taro, Hans Gutmann y Agustí Centelles. Pero lo cierto es que ningún republicano podía albergar, a esas alturas, la más mínima esperanza de que se le pudiera dar la vuelta a la contienda… Ninguno, salvo su presidente del Consejo de Ministros Juan Negrín. En realidad la guerra había quedado sentenciada con la estrepitosa derrota en la batalla del Ebro. Ahora, con la Ciudad Condal perdida y sus calles vacías, una avalancha humana se dirigía a los pueblos más cercanos a Francia a pesar de que su frontera había sido cerrada por el Gobierno de París. Tan solo se permitió la entrada de 170.000 mujeres y niños y 60.000 paisanos. Esta situación desesperada no impidió que Negrín se dirigiera a los españoles en un discurso emitido por radio, el 28 de enero de 1939, para darles falsas esperanzas: «Españoles, ha sucedido lo inevitable: hemos perdido Barcelona. Busca el enemigo que esa pérdida signifique el derrumbamiento de nuestros frentes, el desplome de nuestra retaguardia, para conseguir rápidamente nuestro aplastamiento definitivo, pero no lo logrará. En nuestras manos está evitarlo y lo evitaremos. Los momentos presentes son los más duros y graves de nuestra lucha. Con entereza y serenidad, los resolveremos, pero precisa que todos, absolutamente todos, conserven su sangre fría y el ánimo, y que dupliquen sus esfuerzos y se pongan a las órdenes del Gobierno con disciplina y abnegación». La oposición El presidente estaba empeñado en convencer a los españoles de que la guerra no estaba perdida. Una opinión que no compartía un sector muy amplio del mismo bando republicano. Esta oposición estaba encabezada por el entonces presidente de la República, Manuel Azaña, con el apoyo de los partidos Izquierda Republicana y Unión Republicana, además de un sector del PSOE y los nacionalistas catalanes y vascos. Todos ellos, convencidos de que Negrín ya no estaba capacitado para dirigir los designios del país durante aquella agonía, a juzgar por su discurso: «Los vacilantes, los desanimados y los decaídos son los mejores colaboradores del enemigo. De ellos se valen los agentes rebeldes e invasores para sembrar el desconcierto, engendrar el pánico y producir un caos que sería la ruina de todos. Que cada ciudadano español se sienta responsable de la garantía del orden, un instrumento de la voluntad del pueblo para elevar el entusiasmo por la lucha. El Gobierno necesita de la ayuda de todos y la exige». La noticia fue recogida por la edición republicana de ABC, con sede en Madrid, en un amplio artículo titulado: ‘El doctor Negrín explica al país el momento actual’. Pero lo que hacía el presidente del Consejo de Ministros no era informar de cómo transcurría la guerra, sino transmitir una visión totalmente parcial para animar a los suyos a seguir en la lucha, con la esperanza de que estallara la guerra en Europa y los aliados vinieran a España en su auxilio. Pero eso no ocurrió y los muertos aumentaban. «No os he engañado nunca, y la lealtad de mi conducta me da derecho a reclamar vuestra confianza. Si no queréis sucumbir como un rebaño de corderos y perecer en la extenuación y en la miseria, habréis de prestar oído a mis palabras y obediencia a los mandatos del Gobierno. Tenéis que hacerlo, pues en otro caso vosotros mismos caváis vuestras tumbas. Aprovechando las dificultades de información y los escasos medios para las relaciones del Gobierno con el pueblo, el enemigo esparce bulos y patrañas, que el miedo de muchos agranda para justificar la propia cobardía», insistía Negrín desesperado. La división republicana En ese momento, el presidente del Consejo ya solo contaba con el apoyo de los comunistas y una otra parte de los socialistas. Se estaba quedando solo, pero resistía mientras a sus espaldas se iba gestando la conjura del general Segismundo Casado para echarle del poder y empezar a negociar con Franco una rendición digna en la que no se produjeran más muertos. Así se lo habían pedido en varias ocasiones antes, pero Negrín no estaba dispuesto a entregar el Gobierno a los fascistas. Se lo tendrían que arrebatar, costase lo que costase, como advertía en la radio: «Apelo a la sensatez y a la cordura de mis conciudadanos, a fin de que se evite todo atolondramiento funesto y se ataje la ola de desmoralización que los agentes provocadores ponen en movimiento. Córtese toda indisciplina y fuércense a recuperar la serenidad quienes la hayan perdido. Confío en que mi llamamiento será atendido. Si así no sucediera, el interés de todos y las razones supremas de la salud pública forzarán al Gobierno a aplicar con todo rigor las más severas medidas, sin contemplaciones ni debilidades. Va en ello la convivencia general y la existencia de nuestra Patria. Tened fe en mis afirmaciones y confiad en que el apuro momentáneo quedará salvado. Yo os lo garantizo, si me prestáis el debido apoyo». Cuatro días después, Negrín insistía en la misma idea durante su intervención en la última sesión de las Cortes republicanas celebradas en las cuadras subterráneas del Castillo de San Fernando de Figueres. Mientras se dirigía al resto de diputados supervivientes, se escuchaban fuera las bombas franquistas cayendo. Allí estaban también el corresponsal de ‘The New York Times’, Herbert L. Matthews; Keith Scott-Watson, del ‘Daily Herald’, y Henry Buckley, del ‘Times’. Cuentan algunas crónicas que este último susurró al oído de su colega ruso Ilya Ehrenburg, enviado del diario ‘Izvestia’, la siguiente premonición: «Este sitio es como una tumba». A lo que este le replicaba: «Amigo mío, ésta no es solo la tumba de la República española, sino también de la democracia europea». Lo veía todo el mundo menos el presidente, que seguía dando esperanzas a quienes le escuchaban. Sin embargo, cuando se disolvió la sesión, los diputados sabían que aquella sería la última vez que se reunirían. Solo pensaban ya en salvar la vida. Como la frontera de Francia estaba a menos de veinte kilómetros, varios coches con los faros encendidos aparecieron para llevárselos lejos. Las Cortes republicanas, efectivamente, no se volvieron a celebrar hasta seis años después, el 10 de enero de 1945… pero ya en el Club France de la Ciudad de México.

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