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El esperma de ballena, el valioso aceite que iluminaba el mundo antes de la electricidad


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Con el precio de la factura de la luz a punto de salir de la órbita terrestre, cabe recordar otros episodios críticos, insólitos y hasta disparatados de la lucha de la humanidad contra la oscuridad. Al gas, petróleo y carbón que hoy nos resulta tan familiar les precedió, en los albores de la Revolución Industrial, un tipo de combustible para iluminar los hogares que ya está en desuso: el aceite de ballena, que tanto valía para alargar la vida al fuego como para engrasar los misiles nucleares de la URSS. Muchas partes de los cetáceos se han usado a lo largo de la historia para corsetería, hacer cera para las velas, elaborar muebles e incluso con su sangre para obtener un pigmento de azul prusia y con sus excrementos el marrón bermellón, pero fue el aceite lo que desencadenó desde principios de la Edad Moderna una auténtica fiebre del oro. El barril de aceite de ballena alcanzó un precio promedio entre 1845 y 1855 de 1,77 dólares por galón, según los datos de Samuel T. Pees en la web Oil Historia. El aceite de ballena era muy apreciado para iluminar habitaciones, y dentro de los aceites de este grupo de animales la marca más demandada era el espermaceti de los cachalotes. En la gruesa cabeza de este cetáceo de 15 a 20 metros de largo, que vive en los mares templados y tropicales, hay una gran cavidad que contiene un aceite blanquecino parecido al esperma, pero que, en realidad, emplea el animal para emerger hacia la superficie cuando necesita un método rápido para flotar y a modo de sónar para amplificar sus señales. Para extraer el espermaceti era necesario realizar un agujero en la cabeza al cachalote, tras lo cual los grumetes entraban dentro de la cavidad a sacar la sustancia con cubos… El esfuerzo merecía la pena: el aceite ardiente de los cachalotes brillaba mejor y no tenía un olor desagradable como el aceite de las ballenas comunes. Ingleses y holandeses aprendieron de los vascos y cántabros sus técnicas de caza y asumieron la primacía de este negocio. Fue a partir del siglo XVI cuando la caza de ballenas se organizó de manera más profesional y generalizada. Los pescadores vascos, gallegos, asturianos y cántabros aprovechaban la estancia de las ballenas en el Mar Cantábrico, que correspondía a su periodo de partos, para desarrollar un lucrativo comercio. En las décadas de 1560 a 1570, el negocio registró su etapa de mayor apogeo para los españoles. La flota llegó a estar formada por una treintena de barcos, tripulados por más de dos mil hombres, que capturaban unas cuatrocientas ballenas cada año. No en vano, los balleneros cantábricos no se conformaron con la caza en las aguas patrias, sino que extendieron su área de acción, sobre todo, a Terranova y Labrador. A principios del siglo XVII, la caza de ballenas por parte de marineros vascos se extendió hasta Islandia. Las relaciones entre los islandeses y los balleneros vascos fueron en general bastante pacíficas, como acredita la existencia de un idioma común (más bien un pidgin), el vasco-islandés, empleado por ambas comunidades para comunicarse a un nivel básico, aunque también son conocidos algunos choques sangrientos como la matanza de vascos que se produjo en 1615. Los mil usos de las ballenas A mediados de esa centuria, ingleses y holandeses aprendieron de los vascos y cántabros sus técnicas de caza y asumieron la primacía de este negocio. La nueva generación de balleneros, después de saquear los océanos Atlántico, Pacífico e Índico, tuvieron que perseguir ballenas más pequeñas en aguas más frías y más extremas, mientras que tenían que utilizar barcos más grandes durante largos períodos de tiempo. Esto llevó a que el precio del aceite de ballena se duplicara a consecuencia del aumento de los costes. Interior de una instalación de procesado del espermaceti. Embotellado del aceite de ballena.La caza de ballenas cambió para siempre las zonas de paso de estos animales. La persecución se extendió en un maremoto de arpones desde la costa este de las colonias americanas hasta la Corriente del Golfo, los Grandes Bancos, África Occidental, las Azores y el Atlántico Sur… Se estima que casi 236.000 ballenas fueron víctimas de esta fiebre consumista solo en el siglo XIX. Y probablemente se hubiese acabado con todas las ballenas de no ser por la invención de una serie de productos que lo revolucionaron todo a mediados del siglo XIX: el queroseno del carbón, al que le siguió el petróleo y el gas fabricado a partir de carbón bituminoso y finalmente el gas natural. El mercado del espermaceti se hundió en pocas décadas. Hacia 1876, la flota de 735 barcos se redujo de golpe y porrazo hasta los 39 y el precio del aceite cayó en 1896 hasta los 40 centavos. No obstante, el aceite de ballena aún tuvo una segunda vida en el siglo XX como aditivo para la transmisión de los coches y todo tipo de vehículos debido a su excepcional lubricidad y estabilidad térmica. En 1972, el cachalote fue catalogado como una especie en peligro de extinción y se establecieron una serie de leyes nacionales para proteger a los animales de la caza, lo cual no evitó que algunos países siguieran matando, sobre todo, a los cachalotes. La Unión Soviética continuó la persecución de estos animales hasta 1986 porque empleaba, entre otras cosas, el espermaceti para lubricar las cabezas de sus misiles nucleares. La oportunidad que se le escapó a España Holandeses, ingleses y más tarde estadounidenses desplazaron a los marinos del Cantábrico en la caza de ballenas por todo el globo, incluso de costas propiamente españolas donde los pescadores extranjeros cazaban impunemente. A principios del siglo XIX, el médico Hipólito Unanue intentó convencer al Rey Fernando VII de que ayudara a los emprendedores locales a obtener el aceite de las ballenas en las costas del virreinato del Perú. Funcionarios y empresarios llevaban años pidiendo ayuda a la Corona para poder competir con balleneros extranjeros. Imagen que recrea una imagen del Oceano Pacifico en 1744.En una carta fechada el 15 de octubre de 1814 y enviada al Consejo de Indias, Unanue, en su condición de diputado de las Indias en las cortes constitucionales, pedía: «Excelentísimo Señor: Se podía hacer la pesca con menos costo y vender en Europa a precio más competitivo el aceite y la esperma. Debiendo vuestra excelencia tener presente que nuestro aceite es muy superior al que dan las pesquerías del norte… A mi partida expendía en Lima don Francisco Inda unas pipas de aceite de ballena tan claro y tan falto de olor ingrato que se iluminaban con él, no solo las partes externas de las casas sino también muchas de las piezas internas, y sin más luz que su trabajo y genio llegó a fabricar las velas de esperma, cuya muestra ofrezco a vuestra excelencia en el adjunto cajoncito, y a qué perfección no podrán llegar si se continúa su elaboración». «Causa dolor el ver venir de tan gran distancia y salir anualmente cargados 30 o 40 buques con unas riquezas que la naturaleza nos ha puesto a la puerta de casa…» En su carta al Rey, el científico enumeró las ventajas económicas de este lucrativo negocio en el Océano Pacífico, donde los balleneros de fuera estaban generando de forma anual más que las minas de oro y plata del virreinato del Perú, y lamentó todo lo que España estaba perdiendo por no tomar parte en el negocio: «Causa dolor el ver venir de tan gran distancia y salir anualmente cargados 30 o 40 buques con unas riquezas que la naturaleza nos ha puesto a la puerta de casa…». El 15 de julio de 1815 España aprobó la iniciativa legal propuesta por Unanue para impulsar y legislar este tipo de pesca, pero no fue puesta en práctica por falta de recursos económicos y porque el siguiente episodio virreinal sería la independencia de estos territorios respecto a España. Fernando VII, al fin de regreso de su cautiverio en Francia, estaba pendiente de otros asuntes más urgentes.

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