El nuevo Bernabéu, la misma gente

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Las mocitas madrileñas vuelven a Chamartín. Y también los obreros de ese Bernabéu futurista que parece que va a despegar hacia Marte y a los que Florentino ha invitado al cambio de piel de la casa blanca. Y se vuelve a Chamartín, en tarde de últimos calor, y el cronista se cruza con el Cipri y su ‘papa’, con la neverita con hielo para «ver el ambiente, que lo de las entradas-confían – está jodido». Porque el fútbol es ambiente o no será, y si Cipri lleva a Benzema a la espalda, su padre va abanicándose la guayabera abierta hasta la mitad del pecho. Conversaciones indistintas en el metro, una camiseta anacrónica de Sergio Ramos y todo confluye en ese rincón de Madrid que a pesar de las vigas elefantiásicas guarda muros en los que resuena el primer «Juanito maravilla» o lo que los redictos del tópico llaman ‘las noches de remontada’. Tampoco falla el tópico del asiático, mirando hacia las torres, preguntándose de que el fútbol sea el motor de la arquitectura. Un 12 – S para el recuerdo Han pasado casi seiscientos días (560), y casi seiscientas noches, desde que se ganó al Barcelona y el equipo acarició o pateó por última vez el césped. Como en el poema, ya no son todos los de entonces, acaso porque por medio ha pasado lo que todos sabemos y Valdebebas sin gente era el páramo, aunque Ramos nos mostrara, entonces, las interiores de su hogar en ese Instagram donde nunca faltaba un comentario amigo de Talavante. Se volvió al fútbol un viernes ardiente en Mestalla y Manolo el del Bombo sonría en el bar de su nieta; se vuelve en domingo al Santiago Bernabéu y la capital de España también sonríe. Pasean dos amigos de Loja, Granada, Guillermo Izquierdo y Alejandro Fernández, el primero con una camiseta del Granada (tampoco es una provocación, aunque el Madrid le dé «un poco igual») y el segundo madridista confeso. Llegaron el sábado, se sacaron las entradas el jueves y hay entre los dos esa curiosidad de ver el nuevo estadio. Quizás porque estar un 12 de septiembre en el remozado Bernabéu sea ese recuerdo que contar a los nietos: casi, como el de dónde se estaba cuando atacaron el World Trade Center. Por curiosidad, y por cierto forofismo, dos amigos de Michigan se han comprado sus elásticas respectivas. Jeremy y James han ido al Prado por la mañana, confirman que la liga americana es «muy mala» y que son del Nápoles en Italia y del Madrid en España. Rara mezcla. Por delante de ellos pasa Mary, flor de la raza calé, que vende lotería acabada en 7, «como er número der Raúl, guapo», añade. La Policía toma posiciones, y algo tan normal como vigilar el pre y el posparto se convierte en una conversación lacónica de anécdotas del último partido como del último verano. Por Bernabéu y cercanías hay hasta dramaturgos, como Joaquín Escolano, natural de Santa Pola-donde veraneaba Santiago Bernabéu – que cuenta con deje alicantino que «venir al estadio siempre es bien (sic)» y que a la reapertura le daría el nombre de aquella obra de Miguel Mihura, «‘Tres sombreros de copa'». Pero el madridismo militante es también las tascas que rodean al estadio. «Ojalá la gente no se haya olvidado de venir», grita la hostelería. «Entre el confinamiento y lo del aforo, los ingresos son un 60% de lo que fueron. No son claros los que mandan. Cómo hago para controlar los que vienen por el bocadillo para llevar». Quien así se queja amargamente de este pandemonio normativo es José, de Casa Puebla. Delante de una montaña de bocadillos y a la vera de un póster firmado, ya mítico, de Butragueño en el Atlético Celaya que mira de refilón a una foto de Espartaco mordiendo el pitón a un presunto miura. Y es que la industria del corazón previo del fútbol ambiental esta zona de Madrid, de normal tranquila y paseante. Lo que el mapa del Uber llama ahora ‘S. Bernabéu Stadium’. Una noche de reyes Paula, del Aki Madrid y de El Refugio está esperanzada, aunque va de negro despachando cervezas y sangrías con un tatuaje con fusas y semifusas en el hombre derecho. También se maneja entre bocadillos y con la ilusión de que «con la pauta completa de la vacuna, la gente se anime a salir». De momento, añade, los ‘currelas’ del nuevo Bernabéu andan como niños en noche de Reyes «cuando se enteraron que Florentino los invitaba». Resulta fascinante que haya veteranos – y noveles-llevando el álbum de cromos de LaLiga. Como resultan entrañables los celtiñas que van de celeste, con la mirada celta, glauca y perdida, entre un mareo de grúas y de gente de todos los confines de España. Hace bochorno, y los gallegos, que han venido en autobús, llevan cara de sofoco y carretera. Hay familias en las que el padre es del Madrid y la hija y el suegro, Vicente, del Celta. En la variedad está el gusto aunque el yerno se guarda «las puyas» para el viaje de vuelta. Los operarios quitaban las vallas a dos horas y media de que empezara el partido, y hay una sensación de tranquilo desbordamiento. Cuando llega el bus del Real Madrid todo es un flash móvil, y cuando se abren las puertas los hombres cachean a los hombres y las mujeres a las mujeres. Más celtiñas van subiendo La Castellana, y más gritos, y más bocadillos apurados (sólo se puede ingerir agua). Quien más, quien menos, ha sacado del armario de la Historia las camisetas del Real Madrid que ha podido. Las de Otaysa, las de Mijatovic. Y algunas apócrifas con jugadores que no se recuerdan de las alineaciones radiofónicas. Camisetas de Cristiano, aunque sea por nostalgia, pocas. Cipri y el’ papa’, visto el ambiente, se van a su casa, a la comodidad del televisor cuando por la megafonía suenan los acordes de’Pepa’.

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