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El Sevilla resiste a la lluvia de penaltis


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El Sevilla debutó en la Champions League en un esperpéntico encuentro ante el Salzburgo donde sufrió tres penaltis en contra y una expulsión temprana. Rakitic, como no podía ser de otra manera en esta insólita tarde, igualó el tanto inicial de Sucic también desde los once metros. Comenzaba la Champions League en el Sánchez Pizjuán y, ciertamente, no decepcionó en sus primeros compases de la edición 2021-22. Después de un título más de Europa League y una decepcionante derrota ante el Dortmund en octavos de la pasada Copa de Europa, la afición sevillista volvía a sentir la liturgia previa a un gran partido europeo: los nervios en el preludio, los aplausos a los suyos en el calentamiento y el sonido erizante a fútbol europeo. sonaron los dos icónicos himnos y arrancó un partido especial, un partido caótico y extravagante que, por la tremenda cantidad de incidentes, no se olvidará en la capital de Andalucía. El partido arrancó trepidante. Ritmo, entradas, contragolpes y proyectos de ocasiones que anticipaban lo que estaba a punto de ocurrir. En el minuto nueve, el reincidente Diego Carlos derribó torpemente a Adeyemi en el área, el colegiado pitó penalti y Adeyemi mandó el balón a la valla de publicidad. Hasta aquí todo normal, una fragante pena máxima errada. El encuentro continuó por sus derroteros verticales: los de Lopetegui apretaban a la defensa austriaca, pero Adeyemi y Sucic corrían con peligro por el latifundio tras Diego Carlos y Koundé. En ese caldo de cultivo, Navas cometió una imprudencia impropia de su veteranía y empujó con ambas manos a Adeyemi en el área. De nuevo, penalti. Sucic le arrancó el balón de las manos a Adeyemi y batió a Bono por el centro. 0-1. Pero el germano no había acabado su obra, y en otro contraataque, cuando enfilaba la meta sevillista, fue trabado por Bono para provocar (y protagonizar) el tercer penalti de la tarde. Insólito. Sucic, lleno de confianza tras el gol, volvió a agarrar el esférico. Quiso hacerlo bonito, pero la cruzó en exceso y el balón rebotó en el poste; el Sevilla esquivaba otra bala. El conjunto hispalense, perplejo por la singularidad de los acontecimientos, se desconectó del encuentro, hasta que Weber los devolvió de lleno cuando toscamente derribó a En-Nesyri en el área austríaca; cuarto penalti de la primera parte, Rakitic no perdonó. El segundo tiempo comenzó con no menos esperpento. En-Nesyri recibió un balón largo a la espalda de Solet, controló con poca calidad y simuló una caída. El marroquí tenía ya una amarilla tras una dura entrada en el primer tiempo y el búlgaro Kulbakov no le perdonó la segunda y lo mandó a la ducha. Pese a todo el drama, el Sevilla conservaba un empate en el bolsillo y tenía 40 minutos por delante para asegurar, al menos, el punto. Y sufrió para ello: Bono paró lo imposible a Sucic y luego a Aaronson. El reloj corría y los andaluces decidieron calentar más aún el partido a expensas de conservar el resultado en inferioridad. Se sucedían las patadas, las amarillas y las protestas a un árbitro pluriempleado. Y en este contexto bélico, Lamela regaló los únicos detalles de puro fútbol del segundo tiempo; acciones bellas que no se materializaron en ocasiones. Finalmente, este extrañísimo partido acabó con un empate mundano, un 1-1 que no hace justicia a lo vivido en Nervión.

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