La perdición del ave de las nieves por el cambio climático

Escrito por el noviembre 21, 2021

El Pirineo aragonés es una isla biogeográfica excepcional y, como tal, disfruta de unas señeras que la convierten en el hábitat ideal para sarrios, muflones, cabras pirenaicas, gamos, rebecos o corzos.

Desgraciadamente el cambio climático no es ajeno a este enclave privilegiado, tal y como se ha podido constatar durante el último medio siglo, en el cual las precipitaciones han disminuido en un 2,5% y las temperaturas han aumentado 1,2 grados centígrados.

Estos cambios están haciendo mella en sus ecosistemas y colocando en el filo de la navaja de la vulnerabilidad a algunas especies.

La perdiz nival (Lagopus mutus pyrenaicus) está adaptada a vivir en los ecosistemas ártico-alpinos y no es difícil encontrarla en la tundra del hemisferio norte (Eurasia y América) y en los principales macizos montañosos (Alpes, Urales y montes escoceses). Pero también habita en nuestra península, concretamente en las cumbres pirenaicas, de donde toma su nombre científico.

Y es que el lagópodo alpino de los Pirineos, que es como también se la conoce, representa la población más meridional de esta especie en el continente europeo. Al parecer quedó aislada en sus cumbres hace unos doce mil años, cuando se produjo el retroceso de los glaciares al final del último periodo glacial, un acontecimiento que la dejó expuesta a los efectos del calentamiento global.

La perdiz nival es una especie de ave galliforme, gregaria y de la familia phasianidae. En este momento hay más de treinta subespecies descritas y es muy fácil distinguirla de la perdiz común ya que es ligeramente de menor tamaño, su longitud se sitúa en torno a los treinta y cinco centímetros.

En cuanto a su dieta es fundamentalmente vegetariana, consume hojas, frutos, semillas, bayas y líquenes, alimentos que intercala con algunos insectos. Durante los meses otoñales su organismo se dedica a almacenar las reservas energéticas con las que poder afrontar el riguroso invierno.

Tres disfraces anuales
La naturaleza se ha comportado con ella de una forma admirable al dotarla de ciertas ventajas adaptativas. Por una parte, existe una cierta sincronía entre su muda y el paisaje, y es que el ave cambia de plumaje en tres ocasiones a lo largo del año; por otra, tiene mecanismos fisiológicos que la dotan de una elevada capacidad isotérmica que permite que pueda dormir sepultada bajo la nieve. Cuando llega el gélido invierno pirenaico la perdiz nival cava una madriguera en la nieve y allí se acurruca y disfruta de una temperatura diez grados superior a la que se registra en la superficie.

Centrándonos ya de forma específica en su plumaje, esta ave cambia escalonadamente de vestuario en tres ocasiones a lo largo del año con la finalidad de fundirse con la paleta de colores del entorno. Así, adopta una tonalidad entre ocre y dorado durante los meses otoñales; se salpica de blanco a finales de esa estación y alcanza el blanco puro -con la excepción de la cola- cuando la nieve cubre todo el paisaje con su manto. Es precisamente este bello disfraz invernal el que le da nombre.

Gracias a este mimetismo la perdiz nival consigue, o al menos conseguía, pasar inadvertida ante la siempre mirada escudriñadora de zorros, azores y águilas reales. Sin embargo, la falta de nieve le está ocasionando terribles problemas, ya que su coloración blanquecina destaca sobre las crestas ocres convirtiéndose en un blanco fácil para el águila real. En definitiva, lo que antaño supuso un premio evolutivo ahora se ha vuelto en su contra y de no remediarse la podría situar al borde de la extinción.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.


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