Mamá

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Esta es la última vez que escribo sobre mi madre. Y lo quiero hacer aquí. Me lo he prometido a mí misma. Llevo años volviendo a ella y creo que ya hemos llegado al final. Por fin. Mientras tanto, he aprendido mucho. Tenía que escribirla, que escribirme, para comprender el trauma profundo que llevo conmigo. Yo creía que había superado su muerte, lo creí desde muy pronto hasta que un día hice un reportaje sobre el duelo y ahí yo, toda profesional, me derrumbé (por primera vez) mientras entrevistaba. Lloré mares, con sonido, jipié. Hacía, si no recuerdo mal, 13 años, quizá 12 ó 14, que había muerto. Ella tenía 50, yo 27 y un bebé, mi hijo mayor, de seis meses, pegado a mí como una garrapata. Yo lloraba en aquella entrevista sin entender nada, cuando una de ellas, Gina Campalans, una madre de Ibiza que había perdido a su hijo cuando él tenía 30 años y se fue solo a bucear a pulmón libre, me dijo, con toda esa paz: «Lola, tú aún no lo has superado». Me impactó. Yo, de verdad, hacía años que creía que sí. Y resultó que no. El duelo es así de hijo de puta. Gina, cuando supo que su hijo había muerto, pensó: «¿Y ahora, cómo vivo?». ¿Cómo no iba a llorar yo después de que me contara eso? Siempre me repito, siempre vuelvo a mis lugares, a mis zonas de confort, a mis inquietudes. Pero este ya no da más de sí, ni quiero que lo dé. La escribí, más que para contarla (que también), para recordarla y, sobre todo, para entenderme sin ella. Ya está, ya me entiendo y la recuerdo cada día, sin dolor. Eso lo he escrito tantas veces, mamá, me acuerdo de ti cada día, aunque ya no duele. Esta es mi última vez. Siempre me encanta hablar de ella y nunca me canso, pero ya está. Los que me siguen en redes sociales (sobre todo en Instagram), saben quién fue ella, cómo fue y hasta de qué forma me parió, cuánto le dolió sacarme de culo y a pelo aquel 21 de abril de 1979 (mientras veía ‘Los Ángeles de Charlie’).Ya lo he contado todo y me alegro. Ahora, cuando la quiero recordar con un poquito más de precisión, leo todo lo que he escrito sobre ella. Era y sigue siendo el gran amor de mi vida. Como esta columna es nuestra última vez, os cuento ahora aquí un poquito más de ella, algo que una vez ya escribí en redes y lo recupero porque la quiero recordar así, joven, bella siempre, y luego, la realidad de la enfermedad: Siempre fue la más guapa. Mucho. Tenía una belleza exótica y delgada. Una belleza fuera de su tiempo que yo creía que le daba igual, solo fue después de su muerte cuando descubrí que era coqueta. Mi madre, la sacrificada siempre, tanto que ni se miraba en el espejo. La que nunca pensaba en ella. Resultó que eso era mentira. Solo fue lo que yo vi. Lo que me perdí de ella. ¿En serio era coqueta? Su hermana menor, mi tía María José, la que más la quería, la que siempre la necesitó, la que aún la necesita más que yo, me lo contó. «Ay, nena, tu madre era súper coqueta». Yo no conocí eso y ahora que lo sé, me falta. Yo solo conocí a mi madre como madre, no como mujer. Cuando reviso en mis recuerdos sus palabras a veces creo entender señales, pero son muy difusas. Mamá, esta es nuestra última vez. Y lo escribo aquí, en un diario centenario, por si te llega algo de todo lo que he conseguido, que es mucho y gracias a ti. Me quedan tres años para cumplir la edad que tú tenías cuando te diagnosticaron cáncer de mama. Ocho para cuando te moriste. A partir de esa edad, todo se me funde a negro. Soy incapaz de imaginarme con 51. Pero estas son mis últimas palabras escritas sobre ti. Mientras tanto, seguiré soñando contigo.

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