Medvedev mantiene viva la batalla por quién es el mejor de la historia

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Fue un golpe que le cerró a Novak Djokovic las puertas de la historia. Un saque al que el serbio solo llegó a tocar con el revés de su raqueta y que no pasó la red. Con él, Daniil Medvedev certificó una victoria apabullante con la que se doctora en los grandes escenarios. Dueño de un tenis excepcional, llamado a inaugurar una era, batió contra pronóstico al número uno del mundo (6-4, 6-4, 6-4). Ese golpe mundano mantiene abierta una batalla legendaria: certificarse como el mejor de siempre. Para muchos, Djokovic es el más completo, insuperable cuando está en plenitud, y eso le convierte en el mejor jugador en agarrar una raqueta de tenis. Ayer era la fecha señalada para darles la justificación definitiva: convertirse en el jugador con más 'grandes' de la historia, 21 torneos de 'Grand Slam' y romper el empate a 20 con Rafael Nadal y Roger Federer. Pero se le cruzó en el camino un ruso de 25 años, que lleva años acercándose a los más grandes sin conseguirlo. Djokovic disputó el último juego entre lágrimas. En los últimos cuatro años, Djokovic ha estado intratable. Eso le ha permitido un empujón formidable en la batalla legendaria por convertirse en el mejor de todos los tiempos. Desde su bache en 2017, ha conseguido recortar la distancia con Nadal y Federer –algo más veteranos que él–, que entonces parecía insuperable. Pero se recuperó en Wimbledon de 2018 y, desde entonces, ha ganado ocho de los trece 'grandes' en disputa. Hubiera podido ser uno más si el año pasado, en plena forma, no hubiera sido expulsado del torneo por dar un pelotazo a una juez de línea. Pero Djokovic se jugaba ayer más que superar a Nadal y Federar en la carrera por los 'grandes'. La victoria de ayer le permite la conquista del 'Grand Slam', llevarse a casa los cuatro grandes torneos del año, después de haberse impuesto en Australia, Roland Garros y Wimbledon. Nadie lo había logrado desde Rod Laver en 1969. El mito australiano estaba en primera fila, con sus canas embutidas en una gorra del torneo, y se volvió al hotel sin que le rompieran ese honor. Antes de que ayer se empezara a jugar, Djokovic ya había igualado el récord de Federer en un apartado significativo: número de finales. Ambos tienen 31. Con tanta historia en juego, Medvedev quería un trocito de ella. «Si gano, estaré en algún lugar de los libros de historia como el que no le dejó conseguirlo», dijo el tenista ruso antes del partido y acertó en su premonición. Tenía credenciales para ello. Esta temporada ha sido el mejor en pista dura, con más títulos y victorias que nadie. También en esta superficie había llegado a sus únicas finales de 'Grand Slam' hasta la fecha. La primera, aquí en Nueva York, de amargo recuerdo. Nadal le doblegó de manera sorprendente cuando parecía que el de Manacor estaba contra las cuerdas. La segunda, este mismo año en Australia, no fue mucho mejor: Djokovic le barrió en tres sets. A su favor también tenía que el número uno del mundo había mostrado más debilidad que en anteriores citas. De haber ganado ayer, hubiera sido el título de US Open con más sets perdidos para el serbio. «Tengo que jugar mucho mejor que en la final de Australia», fue la fórmula simple que Medvedev ofreció antes de salir a pista. «Veremos qué pasa». Y pasó que la fórmula funcionó desde el comienzo. Le rompió el saque a Djokovic en el primer juego. Después, con un tenis muy serio y bien apoyado en su saque, mantuvo la renta sin apenas complicaciones. Djokovic, que ha empezado los partidos en este torneo más tibio que sus rivales, no encontró la manera de abrir brecha en los intercambios de fondo de Medvedev. La parroquia del serbio en Nueva York, abundante y con hambre de ser testigo de la historia, sacó en ese momento sus armas. 'Ole, ole, Nole', coreaban con el apodo del número uno después de que ganara con su servicio el primer juego de la segunda manga. Algunos, con mal gusto, chillaban cuando Medvedev lanzaba la pelota para su saque, en el siguiente juego. Pudo funcionar porque Djokovic se colocó 15-40 para reconducir. Medvedev se secaba las manos antes del saque. Quizá nerviosismo. Pero se recuperó, con un punto de suerte. Un error en la megafonía –sonó la música cuando no debía– un segundo saque con punto de 'break' para Djokovic obligó al árbitro volver al primer servicio. Djokovic provocó el abucheo de la grada. Pero el ruso remontó. No tardó Djokovic en sacar sus demonios y cuando todavía tenía que sacar Medvedev para ganar su saque, destrozó con furia la raqueta. División de opiniones en el respetable: bronca y ovación. Pero eso perjudicó a Djokovic, que perdió ese juego y, en el siguiente, su saque y, poco después, el set. En la tercera manga, Djokovic dio la sensación de entregar la cuchara en los primeros compases. Cedió dos saques para que Medvedev se pusiera 4-0. En algunas bolas, decidió no correr. Una pequeña reacción de orgullo de Djokovic hizo soñar a sus jugadores con el comienzo de una remontada fantástica, como en otras ocasiones. La última, frente a Stefanos Tsitsipas en la final de Roland Garros. Medvedev, que jugó con una frialdad escalofriante ante un público en contra, le tembló la mano cuando estuvo delante del abismo de la victoria. Tres fallos seguidos, incluidas dos dobles faltas, dieron una ruptura de saque a Djokovic. En ese momento, los seguidores del serbio no permitían sacar al ruso sin gritos para desconcentrarle, en un comportamiento vergonzoso. Pero fue un saque lo que cerró el partido. Y que abre una puerta a la historia y cierra, de momento, otra.

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