‘Ojalá no hubiera nacido’ o ‘Me gustaría estar muerto’, frases que nunca hay que pasar por alto en los adolescentes

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Hoy viernes 10 de septiembre se celebra el día internacional para la prevención del suicidio, un problema social que continua más vigente que nunca y que, a causa de la pandemia, ha ido ‘in crescendo’ en nuestra sociedad. Los datos aportados por el Colegio de Psicólogos de Madrid apuntan a un aumento del 250% de los casos de suicidio entre la población infantojuvenil durante el año 2020. No en vano, el suicidio es la principal causa de muerte no natural entre los jóvenes de 16 a 25 años. Ante estas cifras, el doctor Jordi Royo, director clínico de Amalgama7, entidad especializada en la atención terapéutica y educativa para adolescentes y sus familias, explica que: «Hoy sabemos que el córtex cerebral, es decir la región cerebral responsable de planificar y ejecutar, continúa desarrollándose durante la adolescencia. En esta etapa, el cerebro experimenta una segunda ola de desarrollo-la primera se observa en torno a los dos años de vida -, que genera un potente cambio hormonal que, al mismo tiempo, es físico y mental. En este punto, encontramos la primera vertiente de inducción al suicidio: la crisis de la propia identidad». Según el doctor Royo, el comportamiento suicida en los adolescentes y jóvenes tiene cuatro posibles vertientes de inducción, es decir, cuatro posibles variables que pueden llevar a un individuo a plantarse quitarse la vida. En primer lugar, explica, » la mencionada anteriormente: la crisis de la propia identidad; cuando el niño deja de ser un niño y se plantea cuestiones identitarias tales como ¿Quién soy?, ¿Qué haré en la vida adulta?, ¿Cómo encajo en la familia, con los amigos o con el mundo?. Ante estas dudas, el adolescente puede sentir una carencia del sentido de la vida y plantarse abandonarla. En segundo lugar, existen causas psicopatológicas (depresión, trastornos de personalidad límite, bipolar, de ansiedad, esquizoafectivo, esquizofrenia, abuso de sustancias) que conllevan en la propia patología pensamientos y comportamientos suicidas. En tercer lugar, el inducido por la familia, que implican abandono, maltrato, desamor, abuso… Y por último, el generado por causas sociales y/o tecnológicas». En esta última categoría, el doctor Jordi Royo incluye factores como el bulling y el ciberbulling; los retos de las redes sociales y el síndrome cultural que conlleva la consecución de un futuro perfecto. «Los adolescentes de hoy están expuestos las 24 horas y las redes sociales impactan directamente sobre sus anhelos aspiracionales. Observar una vida perfecta, en lugares de ensueño, con cuerpos esculturales, sin preocupación monetaria, con la pareja ideal y con situaciones personales idílicas provocan en el joven una gran frustración por no poder obtenerlo, además de favorecer los casos de bulimia y/o anorexia nerviosa. Esto se puede denominar bulling social, cuando la sociedad ‘obliga’ con mensajes subliminales a tener una imagen perfecta de éxito mediante la obtención de ‘likes’ y de la aprobación continua». La presión a la que están sometidos los adolescentes puede tener factores desencadenantes que induzcan a los comportamientos suicidas, tales como la pérdida brusca de un ser querido o un momento de desesperación donde entienden que la realidad presente no cambiará en el futuro. Los comportamientos suicidas raramente se ven en niños menores de cinco años y, posteriormente, pueden presentarse a lo largo de la vida, sin distinción de sexo o edad. Se estima que el 25% de las personas que han protagonizado un episodio de autolesión lo volverán a intentar más tarde o más temprano. ¿Se puede prevenir el suicidio en los adolescentes? «En primer lugar, –explica el director clínico de Amalgama7– se debe controlar el máximo las causas que pueden desencadenarlo, como las psicopatológicas sociales o familiares. Un chico o una chica que está sufriendo un episodio de bulling o ciberbulling tiene más probabilidades de protagonizar un intento de autolesión que el resto de sus compañeros. Además, se deben observar posibles síntomas que indiquen algún trastorno como tristeza mantenida en el tiempo, incapacidad para desarrollar tareas que en el pasado le resultaban placenteras, descenso del rendimiento escolar Al Al mismo tiempo, es recomendable hablar con el adolescente sobre la muerte y no pasar nunca por alto ningún indicador asociado a este asunto, como frases hechas que salen en una disputa familiar: ‘Ojalá no hubiera nacido’ o ‘Me gustaría estar muerto’… En estos escenarios, es mejor pedir ayuda al profesional y, a partir de aquí, poder descartar si realmente el adolescente está en un proceso de autoinducción al suicidio o simplemente quiere llamar la atención del adulto».

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