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Preocupación entre los empleados de El Brillante tras la muerte de su dueño: «Alfredo era como un padre»


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Hubo un tiempo en que el viajero de provincias recordaba dos cosas al poner los pies en la estación de Atocha: el endiablado tráfico de su ‘scalextric’ –borrado del mapa en 1985– y los bocadillos de calamares de El Brillante. A los pies del Hotel Mediodía, lleva siete décadas siendo el eterno lugar de paso del que llega y refugio del de aquí. El más genuino ‘fast food’ madrileño tiene en este bar un templo desde que Alfredo Rodríguez Villa viera claro el negocio allá por 1951. Su hijo, también Alfredo, aprendió a amar el oficio desde que a los 14 años se pusiera detrás de la barra en la que, literalmente, le salieron los dientes. El lunes ese altar de acero, como los de antes, en el que repica el cefalópodo plato y devuelve el eco la caña de cerveza, se quedó huérfano de su buen hacer. Alfredo no llegó nunca y su teléfono agotó las llamadas hasta la desesperación. Falleció en su casa a los 67 años por causas no reveladas. Sus trabajadores levantaron ayer el cierre. No como un día más, pero sí como a él le hubiera gustado. A la tristeza de perder a «mucho más que un jefe» se suma la incertidumbre para ellos de saber qué será de El Brillante en el futuro más inmediato –ABC intentó contactar ayer con sus descendientes sin éxito–, cuya economía no atraviesa su mejor momento tras los estragos de la pandemia. «Para mí ha sido como un padre», confesaba su encargado en Atocha, con la voz quebrada. Este bar –con sucursales en Boadilla del Monte y los centros comerciales Nassica y Xanadú– ha presumido a lo largo de su historia de llegar a tener hasta 140 empleados en su plantilla. Si de algo estaba orgulloso este hostelero era de poder generar empleo. «No quiero un Rolls-Royce, quiero crear puestos de trabajo», aseguró en la última entrevista que concedió a este diario hace poco más de un año. Incansable –cuentan sus empleados que un día antes de fallecer estuvo detrás de la barra–, su culto al trabajo era reconocido en el sector. Sus empleados eran, en sus propios términos, una «segunda familia». En los más recientes compases de su empresa, Alfredo quiso favorecer la contratación de personas con más de 50 años con dificultades para encontrar una oportunidad en el mercado laboral. Alfredo Rodríguez, dueño de El Brillante – Maya Balanyà «Su muerte es una pérdida importantísima para la esencia gastronómica de Madrid. No solo por lo que significa El Brillante, que convirtió en una referencia con el bocadillo de calamares –entre otras especialidades como las bravas o la oreja–, sino por lo que significaba el propio Alfredo. Era un tipo muy querido, muy preocupado por que su bar fuera un símbolo para el barrio y la ciudad», explicaba ayer a este diario Luis Suárez de Lezo, presidente de la Academia Madrileña de Gastronomía. «Le importaban mucho sus empleados. Siempre los ha cuidado mucho», recalcó. Solidario en la pandemia Sus bocadillos fueron también bocados de solidaridad en lo peor de la pandemia para quienes luchaban contra la Covid-19. No dudó en donar y acercar miles de comidas y bebidas hasta el hospital de campaña de Ifema, el Doce de Octubre o El Niño Jesús. Su nobleza se medía en quilates, como esos brillantes facetados de su inconfundible logotipo. Su inteligencia como hostelero no necesita de halagos vacuos. Hizo un emporio de la sencillez, presumiendo de servir una joya: el «mejor bocadillo de calamares» al menor coste posible. Miles de ellos, tal vez millones, queden hoy en la memoria del viajero y, por supuesto, del de aquí.

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