¿Retrató Francisco de Goya a la duquesa más adelantada de su tiempo desnuda?

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Si se trata de nobles que trituraron los convencionalismos, no hay parangón con la XIII Duquesa de Alba, María Teresa de Silva Álvarez de Toledo, ‘Cayetana’, que vivió en tiempos de Carlos IV. Huérfana de padre en la más tierna edad, su abuelo la casó a los doce años con su primo el duque de Medina-Sidonia, joven cultivado, melómano y muy vinculado con la realeza por su amistad con don Gabriel, el más querido de los hijos de Carlos III. No en vano, sería un error colocar su biografía como un apéndice de la de su marido, pues con solo catorce años la niña educada y erudita se convirtió en Duquesa de Alba por el fallecimiento de su abuelo y debió asumir la cabeza de una de las casas más poderosas del país. Con cincuenta y seis títulos nobiliarios sobre sus elegantes hombros, Cayetana se reveló como una mujer atractiva, imprevisible y de carácter abierto, que reunió en el palacio del Barquillo y en el palacete de la Moncloa (hoy residencia del presidente del Gobierno) a una corte de literatos y artistas. Lo cual no le impidió codearse con toreros y demás clases bajas, para lo cual salía por las noches, vestida de maja, y disfrutaba de diversiones vedadas a las damas respetables. Entre el mito y la leyenda Se rumorea, entre las muchas historias que se mueven al filo de lo verosímil, que una vez fingió ser pobre y obligó a un joven seminarista a llevarla a un café, donde comió más de lo que podían permitirse ambos, uno por falta de dinero y otra por falta de barriga, haciendo que al final el joven pagara la cuenta vendiendo sus pantalones. El magnetismo que sus encantos encendían en ricos y pobres era legendario. El viajero francés Fleuriot de Langle expresó bien el arrebato que provocaba: «No tiene ni un solo cabello que no inspire deseo. Cuando pasa, todos miran desde las ventanas e incluso los niños dejan de jugar para mirarla». En uno de sus alardes de caridad, que alternaba con veleidades de derroche y ostentación, adoptó a una niña esclava, la negrita María de la Luz, a la que cuidó y quiso como la hija natural que nunca fue capaz de parir. Archiconocida fue su rivalidad con otras damas revoltosas, como la duquesa de Osuna, pero sobre todo con la mismísima Reina, María Luisa de Parma, con la que compitió en atuendo y lujos importando vestidos exclusivos de París. «No tiene ni un solo cabello que no inspire deseo. Cuando pasa, todos miran desde las ventanas e incluso los niños dejan de jugar para mirarla». Se narra, con más cuento que certeza, que en una ocasión Cayetana plagió un diseño pensado para la Reina, y vistió con la misma ropa a sus criadas con el único propósito de ridiculizarla. Desde luego ambas mujeres se llevaban a matar, pero no por amoríos entrecruzados, sino por causas políticas. La duquesa compartía con su esposo la inquina hacia el «amigo de los reyes», Manuel Godoy, que le había catapultado fuera de la política, sin embargo el choque frontal entre la Reina y Manuel Godoy, por una parte, y la duquesa por otro, data del periodo en el que la aristócrata, ya viuda, empezó a frecuentar a Antonio Cornel Ferraz, maduro militar enemistado con el Príncipe de la Paz. La complicada relación con Godoy En una carta del 5 de septiembre de 1800, Manuel Godoy, hombre fuerte del reinado, reconocía a los reyes que «la de Alba y todos sus secuaces deberían estar sepultados en el abismo» debido a su amistad con Cornel, que, según expresó en otra nota, «no debe existir». Lo afilado de estas rivalidades sembró de dudas la repentina muerte de la duquesa a los cuarenta años, en la calle Barquillo, víctima supuestamente de una fiebre. Frente a los rumores de envenenamiento, Carlos IV reclamó una investigación que no halló indicios criminales, como tampoco lo hizo el XVII duque de Alba cuando, en 1949, exhumó el cadáver y concluyó que había fallecido por una meningoencefalitis. La maja desnuda, 1790-1800La desaparición de los dos duques sin dejar descendencia fue una auténtica tragedia para las ilustres casas de Alba y de Medina-Sidonia, que se vieron obligadas a repartir los títulos en varias ramas menores, muchas emparejadas lejanamente con la familia Álvarez de Toledo. La mayoría de los títulos de Cayetana, entre ellos el Ducado de Alba, pasaron a manos de su pariente Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva, VII duque de Berwick, descendiente lejano de ese general británico que ganó España para los Borbones. Lo mismo ocurrió con la sublime colección de arte y joyas de la duquesa, que saltó disparada en varias direcciones y de la que Godoy y la Reina sacaron buen provecho a bajo precio. Una leyenda urbana casi irrompible sostiene que el pintor Francisco de Goya usó a la Duquesa de Alba, protectora y amiga suya, quién sabe cuánto de íntima, como modelo para sus famosas majas, la vestida y la despelotada. Hoy, en cambio, la historiografía se decanta por la tesis de que el verdadero cuerpo retratado no fue otro que el de Pepita Tudó, a la postre segunda esposa de Godoy. Y por si faltan pruebas, la primera noticia documental que se tiene de estas telas las sitúa en la casa de Godoy, en 1803, cuando la duquesa ya había muerto.

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