Sergio Ramírez: «Regresar a Nicaragua significaría la muerte para mí»

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Sergio Ramírez llegó al Instituto Cervantes de Madrid con un andar renqueante, arrastrando tras de sí sus setenta y nueve años y el peso de una historia, la suya, que tristemente se repite. Acababa de inaugurar la treintena cuando Somoza, el dictador de Nicaragua, le acusó de incitación al terrorismo y de asociación ilícita, tratando de acallarle y pararle los pies. Entonces se enfrentó a él y ganó: no se atrevieron a meterlo en prisión. Ahora, Daniel Ortega, que ejerce su despotismo sobre el mismo país, acusa al escritor de delitos similares y ha emitido una orden de busca y captura contra él. Todo se parece demasiado, pero el tiempo ha pasado y el novelista ya no tiene energías para el enfrentamiento directo. «Regresar a mi país significaría la cárcel y por lo tanto la muerte para mí. A mi edad no puedo estar preso sin los auxilios de un médico. Y ellos son muy despiadados. Hay prisioneros que pasan las veinticuatro horas del día con la luz encendida, otros en aislamiento… Son condiciones que yo no voy a ir a buscar», comentó el escritor ante la prensa, con esa seriedad tan suya, casi judicial. «Ya me ha puesto ocho cargos penales, ¿qué puedo esperar? Pasar del aeropuerto al centro de detención de El Chipote, que es un lugar terrible», añadió. Sostiene Ramírez, que es premio Cervantes desde 2017, no lo olvidemos, que estos ataques hacia él tienen que ver con su actividad literaria, no con la política, de la que se retiró en 1998. En concreto, afirmó que el detonante («esa es la palabra») ha sido su nueva novela, ‘Tongolele no sabía bailar’ (Alfaguara), que sale a la venta este jueves en España. En sus páginas narra las protestas que prendieron en Nicaragua en 2018, y especialmente cómo el Gobierno las aplastó. «Es una novela que desnuda los atropellos y la violación de derechos humanos que se produjeron en las calles de Managua y otras ciudades del país en 2018. El libro ha sido prohibido, ha sido retenido en la aduana y no lo dejarán entrar. Las dictaduras, dichosamente, no tienen invención y responden a la mediocridad», aseveró. Al hablar del exilio dijo que era «la peor circunstancia que alguien puede atravesar». Ya tiene asumido que tal vez no pueda volver a su hogar nunca más. Por ahora, se ha establecido en Costa Rica, donde ya vivió durante catorce años, pero baraja cambiar su residencia a México o España: aún no lo sabe. De momento, tiene una serie de compromisos próximos que lo van a llevar al Reino Unido, Alemania y Francia, de sede en sede del Instituto Cervantes. «Me siento verdaderamente abrumado por la cantidad innumerable de respaldos que he recibido», celebró. Ramírez acompañó al cubano Leonardo Padura a depositar su legado en la Caja de las Letras del Cervantes, que consistió en una primera versión de su libro ‘La novela de mi vida’ y las primeras páginas manuscritas de ‘Como polvo en el viento’. Mientras lo hacía, Padura recordó que él nunca firma cartas colectivas, pero que este viernes hizo una excepción para apoyarle a él. También lo arropó Luis García Montero, director de la institución, que lo definió como un «referente de los valores democráticos». Luego, el nicaragüense aprovechó para dejar allí un recuerdo en nombre de Rubén Darío, nada menos: un poco de tierra de la casa natal del poeta (una tierra que él ya no pudo ir a recoger, por desgracia) y una primera edición de ‘Cantos de vida y esperanza’. José Manuel Albares, ministro de Asuntos Exteriores, clausuró el acto hablando de literatura y libertad: «La literatura representa la libertad, la libertad de pensamiento, la libertad de expresión, la libertad de crítica (…) Quiero que sepas que este es y será siempre tu país y tu casa: porque eres español y porque esta es la casa y el país de la libertad y la democracia. Y todos los que están a favor de la democracia siempre tienen un sitio en España».

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