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«Si no permitimos que un hijo meta los dedos en un enchufe, no dejemos de ayudarle si tontea con el suicidio»


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Con motivo del Día Internacional para la Prevención del Suicidio, Javier Urra, director Clínico de Recurra Ginso, recalca que cuando un hijo transmite a sus padres que sería mejor desaparecer de este mundo «hay que tomarlo muy en serio». Explica que es imprescindible escucharle y acompañarle en todos los momentos posibles e indagar de dónde ha podido elaborar esa idea autolítica. «Además, hay que ponerse inmediatamente en manos de un especialista clínico si creemos que está deprimido y de un psiquiatra quien probablemente le administrará un psicofármaco». En su opinión, prevenir supone no silenciar y, por ello, recomienda comunicar a familiares y amigos íntimos la situación para que entre todos le vuelvan a mostrar que la vida merece la pena, que se le quiere y que sería una pérdida irremplazable. «Mostrar amor es un gran salvavidas. Y, desde luego, si la causa que le justifica es que nos hace daño, que nos perjudica, hemos de erradicarle que esa conducta sea la solución. El suicidio no genera solución, sino un dolor insondable. ¿De qué manera podemos ayudarle a calmarse y cambiar de idea? Con proximidad no agobiante y escucha activa para que capte nuestro verdadero esfuerzo por comprenderle, por ayudar. Resulta esencial. No obstante, a veces es necesaria una información relevante que nos puede transmitir alguien que le conozca bien y con quien haya podido y querido sincerarse. Hemos de estar atentos a los cambios conductuales, a lo que tenga dicho o escrito. Que gran error es que la sociedad crea que cuando alguien amenaza con el suicidio no lo llevará a efecto. Muy al contrario. El solo hecho de pensarlo ya encamina a dar un paso al acto irreversible. Resulta esencial conocer la etiología, la causa, que puede ser muy diversa. Desde problemas de acoso escolar a sentimientos de poca valía, de haber sido despreciado por alguien a quien quiere a conflictos continuados con el entorno próximo, etc. No despreciemos tampoco la influencia de las redes sociales, ni a quienes incitan a la autolesión o a quitarse de en medio. El hecho de que lo verbalice, ¿debe tomarse como un síntoma de alarma? Sin duda. Sí. Resulta muy significativo. Y nos equivocaremos si se interpreta como un mero chantaje. Y si no lo verbaliza, ¿cómo podemos sospechar que lo está planeando? La pista nos la puede dar su forma de actuar. Encerrarse en su cuarto en la soledad o ante una pantalla, la dejación en la higiene y vestimenta, el abandono de la relación con los amigos… Pero también las explosiones coléricas injustificadas o, por contra, una dejación absoluta, una falta de ilusión por la vida. Tengamos claro que es la desesperanza y la depresión la que conduce al suicidio. Todo lo antedicho se pudiera agravar si ha conocido de un caso anterior que haya tomado tan terrible decisión. Y, desde luego, aunque parezca una obviedad, hay que evitar riesgos como armas próximas, etc. ¿Cuándo es indispensable acudir a un especialista? ¿Sería el psiquiatra el encargado de atenderle? En los casos de depresión que se requiere receta para un psicofármaco específico, la respuesta es sí. Ahora bien, si estamos ante un síntoma de una realidad más profunda y cronificada, va a requerir de alguien que se vincule, que consiga un buen apego; es decir, un psicólogo clínico o sanitario que se implique, que sea capaz de darle un teléfono al que pueda llamar en sus horas más bajas. Se trata de una terapia comprometida y siempre de riesgo, pero después de 10 años tratando con jóvenes en el Centro Terapéutico de Recurra-Ginso, puedo decir que acudir a un especialista es imprescindible para superar una depresión o cualquier otro trastorno mental y prevenir, de este modo, las posibles consecuencias, como el suicidio o la autolesión. Pero hemos de tener en cuenta que los jóvenes se caracterizan por los cambios de humor, por la valoración distinta de la existencia, y al fin, como todo ser humano, la vida cambia, a veces inopinadamente de un día a otro al conocer a una nueva persona, al encontrarse en distinta situación, al escuchar una noticia… ¿Qué proceso le espera? Tener que desnudarse interiormente. El reto de conocerse y de mirarse a sí mismo ante un espejo para saber cuáles son sus miedos, sus fantasmas, sus obsesiones… Pero también sus puntos de esperanza, de optimismo, de fortaleza. Al ser humano le cuesta mucho asumir que va a morir, pero le produce pánico que pueda quitarse a sí mismo la vida. Lo que ocurre es que a veces los niños y los jóvenes se suicidan para no seguir sufriendo. Un sufrimiento que va más allá del dolor, que puede ser objetivo o profundamente subjetivo, pero absolutamente real. El encuentro terapéutico buscará encontrar los déficits, analizar los procesos mentales y los sentimientos profundos, no siempre conscientes, para dotarle de habilidades, de herramientas para en un primer momento sobrevivir, y ulteriormente compartir la vida. A pesar de una posible mejoría, ¿es un pensamiento recurrente que puede asaltar cuando se enfrente a otro posible problema en el futuro? Lo es. Quiero manifestar que el riesgo se incrementa de manera exponencial cuando el paciente pareciera que empieza a superar la crisis y se asoma del pozo en el que había caído. Puede parecer paradójico, pero es así. Se encuentra con fuerza para tomar una decisión que entiende valiente, sin terminar de captar la compleja realidad que supone el yo y los otros, la empatía y las heridas que conlleva vivir en sociedad y con uno mismo. ¿Y si no quiere ir al especialista? ¿Qué pueden hacer los padres Traer al especialista. No es un supuesto en el que exista la posibilidad de quedarse parados. Hay que actuar necesariamente, aunque tengamos que intervenir contra su voluntad, pues su voluntad está secuestrada por una emoción tóxica, de la cual más que posible, probablemente se arrepienta el día de mañana, y nos agradezca el haberle dado esa oportunidad. No dejamos que un niño pequeño introduzca los dedos en un enchufe, pues no demos carta de libertad a un adolescente o joven cuando se encuentre incapacitado para analizar con criterio la realidad. ¿Es distinto el procedimiento a seguir si quien lo dice es un niño o un adolescente? Sí. Es difícil que un niño verbalice la intención de suicidarse, salvo que esté en shock por situaciones que estime muy dramáticas, como la enfermedad grave de un progenitor o el sufrimiento íntimo y vivencial del acoso escolar. Los adolescentes no creen que puedan morir por causa natural, pero sí captan a veces un chispazo de abandonar la vida. Resulta de interés que los niños conozcan a quienes sufren en un hospital enfermedades crónicas y luchan por vivir desde sus dificultades, en ocasiones muy limitativas. ¿Qué sentimientos suele generar en los padres saber que su hijo se autolesiona o quiere quitarse la vida? Una cosa es la autolesión, como llamada de atención o como forma de derivar la ira, la cólera, que genera dolor —y, sin duda, una consulta que vemos bastante a menudo en la Clínica de Salud Mental—, y otra es que haya tenido un intento real del que, por circunstancias ajenas a su voluntad, ha sobrevivido. En ese caso, la tensión, la ansiedad, la angustia son indescriptibles, salvo que vea que su hijo ha reconducido la forma de elaborar y de enfrentar la vida, algo que por suerte hemos visto en ocasiones en nuestro Centro Terapéutico Residencial en Brea de Tajo.

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