Una hecatombe del espíritu

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Librería Cervantes y compañía, caseta 320. Son las doce del mediodía y a mi alrededor todo tiene el aspecto de un milagro. No ha acabado la pandemia, pero parece que hemos aprendido a sobreponernos a su presencia, incluso a ignorarla. Si hasta parece que la muerte ha dado una tregua. Hace tanto tiempo que no veo reuniones de personas, que este corro de lectores resucita una versión de la vida que dimos por extinta en los peores meses de 2020, el año del contagio. En esta primera edición de la Feria del Libro de Madrid tras la pandemia, para todo hay que formarse: una larga fila para entrar, otra para quienes quieren comprar un libro y la de los que esperan una dedicatoria. Acudir a una firma en la feria es siempre algo excepcional, tanto para el que la pide como para quien la concede. Supone el encuentro entre dos seres que sin conocerse se deben mucho el uno al otro: autor y lector. Y este año todavía más. Belleza y dignidad Hay belleza y dignidad en el acto de quien espera a un lector, pero aún más hermoso es el farmacéutico, la médica, el ingeniero, el teleoperador, el estudiante o la azafata que acuden a comprar un libro o para obtener una firma en el ejemplar que ya traen de casa. Este año los lectores no han venido al Retiro a pasear, sino a comprar libros. Llevan tres y cuatro bolsas. Se mueven por el paseo de Coches como si el mundo siguiese siendo el mismo que dejamos aparcado en 2019. Mucha gente ha sido necesaria para que el milagro de un libro llegue hasta aquí: el editor que va de caseta en caseta acompañando a sus autores en el trance de la firma; la persona de prensa que procura, válgame Dios, que todo esté en orden; el librero que elige este o aquel título, porque lo considera valioso y, por supuesto, ese hombre o aquella mujer que, aun siendo tímidos, se plantan ante quien ha escrito una historia para admitir si ha llorado, se ha enfadado o reído con ésta o aquella página. Al libro lo mantiene vivo la secreta electricidad que une a quienes los fabrican y a quienes los leen, una hecatombe del espíritu, incluso con aforo limitado. Un libro estará incompleto si no tiene quien lo lea. Atrincherados en sus casetas, los autores dejan de ser animales enjaulados (acaso porque ya lo estuvimos todos mucho tiempo) para ese doble encuentro que supone una firma, el hallazgo de seres que sin conocerse se deben mucho el uno al otro. Primera Feria del Libro tras la pandemia, y aunque hay desorden (porque lo hay y negarlo sería un absurdo), pueden más las ganas de quienes esperan pacientes su turno para entrar a comprar un libro que la capacidad de los gestores para diseñar un recorrido. Es una hecatombe de 440 metros, 320 casetas y 3.900 lectores. Una verdadera fiesta del espíritu.

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